Una “Cultura de la muerte” que pretende la instauración de leyes en favor de la eutanasia y del suicidio asistido

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Una sociedad en que la eutanasia no se percibe ni se castiga por los poderes públicos, está diciendo a sus miembros que no le importa que sean eliminados, si ya no se les ve futuro o utilidad. Todo ser humano tiene derecho a vivir y debe ser protegido frente a cualquiera que lo quisiera matar, da lo mismo que quien mata lo haga por crueldad o por compasión. ¿Qué nos dice la Iglesia?, ¿Cuál es el compromiso que deben asumir los fieles?

¿CUÁL ES LA VERDADERA DEFINICIÓN DE EUTANASIA?

Antes de comenzar es preciso aclarar ciertos conceptos que con frecuencia suelen confundirse:
Muerte digna: es la muerte con todos los alivios médicos adecuados y los consuelos humanos posibles. También se denomina ortotanasia. Pretenden algunos identificarla con la muerte "a petición", provocada por el médico, cuando la vida ya no puede ofrecer un mínimo de confort que sería imprescindible; sería para éstos la muerte provocada por eutanasia.
Eutanasia: es la acción u omisión por parte del médico con intención de provocar la muerte del paciente por compasión.

Tipos de eutanasia: ·Eutanasia activa: es la eutanasia que mediante una acción positiva provoca la muerte del paciente. 
·Eutanasia pasiva: es la eutanasia por dejar morir intencionadamente al paciente por omisión de cuidados o tratamientos que son necesarios y razonables. 
Esta expresión —eutanasia pasiva— se utiliza en ocasiones indebidamente para referirse, en una buena práctica médica, a la omisión de tratamientos desproporcionados que son contraproducentes, indeseables o muy costosos. No se debe hablar de ningún tipo de eutanasia en esos casos, puesto que fomenta la ambigüedad y contribuye a difuminar los límites entre el correcto ejercicio de la medicina y la eutanasia. Es lo que intentan los partidarios de esta práctica.
Conviene, sin embargo, mantener la expresión y el concepto específicos de eutanasia pasiva, pues, en ocasiones, se acaba así con la vida del paciente, por indicación médica: negándole cuidados que son necesarios y razonables.
·Eutanasia voluntaria: la que se lleva a cabo con consentimiento del paciente.
·Eutanasia involuntaria: practicada sin el consentimiento del paciente.
·Eutanasia directa: es lo que entendemos comúnmente por eutanasia; es decir, la muerte intencionada del enfermo a cargo del médico, por compasión. Puede ser activa o pasiva.
·Eutanasia indirecta: en realidad no existe la eutanasia indirecta; pues no hay eutanasia sin intención de provocar la muerte. Sería para algunos —que confunden a otros con esta expresión— la muerte no buscada del paciente en el curso de un correcto tratamiento paliativo, por ejemplo contra el dolor.

RAZONES Y FUNDAMENTOS EN CONTRA DE LA EUTANASIA:

-La vida es algo natural y no renunciable, es un don gratuito de Dios y nadie está legitimado para acabar con la vida de un inocente enfermo, minusválido u deficiente.

¿En qué consiste morir con dignidad?
-El derecho:
·A no sufrir inútilmente 
·A conocer la verdad de su situación
·A decidir sobre sí mismo y sobre las intervenciones a las que se haya de someter 
·A recibir asistencia espiritual 
-No es un derecho del Estado legislar sobre el derecho de la vida, ya que el individuo es anterior al Estado; no recibe del Estado o de la sociedad el derecho a vivir, por lo tanto no se le puede quitar lo que no le dio.
-De aceptarse la eutanasia ,el Estado está violando uno de sus fundamentales deberes: respetar y hacer respetar los derechos fundamentales de las personas, el primero de los cuales es el derecho a la vida.
-El Código Penal protege a todo ser humano y su derecho a vivir frente a cualquiera que lo quisiera matar, da lo mismo que quien mata lo haga por crueldad o por compasión.

Consecuencias de una ley de eutanasia:
- Desde el paciente terminal, el principal efecto de la aceptación de la eutanasia es el miedo, miedo a que los que lo rodean puedan diagnosticar que es acreedor de la eutanasia, miedo a los profesionales de la sociedad, miedo a los familiares, miedo a las instituciones esenciales.
- Una sociedad en que la eutanasia no se percibe ni se castiga por los poderes públicos, está diciendo a sus miembros que no le importa que sean eliminados, si ya no se les ve futuro o utilidad. En una sociedad con eutanasia legalizada el anciano o enfermo grave tendría un muy justificado miedo a que las personas que lo rodean no fueran una ayuda para su vida sino unos ejecutivos de su muerte.

Altenativas frente a la eutanasia:
La medicina paliativa es una alternativa frente a la obstinación terapéutica y a la eutanasia. Es una nueva especialidad de la atención médica al enfermo terminal y a su entorno. Contemplando el problema de la muerte del hombre desde una perspectiva profundamente humana, reconociendo su dignidad como persona.

¿QUÉ DICE EL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA SOBRE LA EUTANASIA?

Cuidar a los enfermos
2276 Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible.

Eutanasia es acción u omisión para provocar la muerte
2277 Cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente reprobable. 
Por tanto, una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de proscribir y excluir siempre.

La interrupción de tratamientos desproporcionados es legítima
2278 La interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítimo. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el "encarnizamiento terapéutico". Con esto no se pretende provocar la muerte; se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad o si no por los que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.

Se pueden utilizar analgésicos para combatir el dolor aún a riesgo de acortar la vida
2279 Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden legítimamente ser interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos del moribundo, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es buscada, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados.

¿QUÉ DICE EL SANTO PADRE?

En el Discurso a la Academia Pontificia para la Vida (27-II-1999): LA EUTANASIA Y EL SUICIDIO ASISTIDO el Papa Juan Pablo II habla claramente acerca de la postura y la obligación de la Iglesia con respecto a este tema, sus causas y también sus graves consecuencias:

El mal está en ambos extremos: ensañamiento terapéutico y eutanasia
"La dignidad del moribundo", pretende llevar luz de doctrina y de sabiduría a una frontera que, en algunos aspectos, es nueva y crucial. En efecto, la vida de los moribundos y de los enfermos graves está expuesta hoy a una serie de peligros que se manifiestan, unas veces, en forma de tratamientos deshumanizadores y, otras, en la desconsideración e incluso en el abandono que puede llegar hasta la solución de la eutanasia.

“Cultura del bienestar"
El fenómeno del abandono del moribundo, que se está extendiendo en la sociedad desarrollada, tiene diversas raíces y múltiples dimensiones. Hay una dimensión sociocultural, definida con el nombre de "ocultación de la muerte": las sociedades, organizadas según el criterio de la búsqueda del bienestar material consideran la muerte como algo sin sentido y, con el fin de resolver su interrogante, proponen a veces su anticipación indolora La llamada "cultura del bienestar", implica frecuentemente la incapacidad de captar el sentido de la vida en las situaciones de sufrimiento y limitación, que se den mientras el hombre se acerca a la muerte. Esa incapacidad se agrava cuando se manifiesta dentro de un humanismo cerrado a la trascendencia, y se traduce a menudo en una pérdida de confianza en el valor del hombre y de la vida.

“Cultura de la muerte”
Este es el marco ideológico en que se fundan las campañas de opinión, cada vez más frecuentes, que pretenden la instauración de leyes en favor de la eutanasia y del suicidio asistido. Los resultados ya obtenidos en algunos países, unas veces con sentencias del Tribunal supremo y otras con votos del Parlamento, confirman la difusión de ciertas convicciones.
Se trata de la avanzada de la cultura de la muerte, que se manifiesta también en otros fenómenos atribuibles, de un modo u otro, a una escasa valoración de la dignidad del hombre, como, por ejemplo, las muertes causadas por el hambre, la violencia, la guerra, la falta de control en el tráfico y la poca atención a las normas de seguridad en el trabajo.

“Como si el hombre fuera autor de sí mismo”
Dimensión filosófica e ideológica
Hay, además, una dimensión filosófica e ideológica, basándose en la cual se apela a la autonomía absoluta del hombre, como si fuera el autor de su propia vida. Desde este punto de vista, se insiste en el principio de la autodeterminación y se llega incluso a exaltar el suicidio y la eutanasia como formas paradójicas de afirmación y, al mismo tiempo, de destrucción del propio yo.

“Una sanidad deshumanizada”
Dimensión médica y asistencial
Hay, asimismo, una dimensión médica y asistencial, que se expresa en una tendencia a limitar el cuidado de los enfermos graves, enviados a centros de salud que no siempre son capaces de proporcionar una asistencia personalizada y humana. Como consecuencia, la persona internada muchas veces no tiene ningún contacto con su familia y se halla expuesta a una especie de invasión tecnológica que humilla su dignidad.

Un impulso oculto: la ética utilitarista 
Existe, por último, el impulso oculto de la llamada "ética utilitarista", por la cual muchas sociedades avanzadas se regulan según los criterios de productividad y eficiencia: desde esta perspectiva, el enfermo grave y el moribundo necesitado de cuidados prolongados y específicos son considerados, a la luz de la relación costo-beneficios, como cargas y sujetos pasivos. En consecuencia esa mentalidad lleva a disminuir el apoyo a la fase declinante de la vida.

Obligación de la Iglesia 
Frente a las nuevas manifestaciones de la cultura de la muerte, la Iglesia tiene la obligación de mantenerse fiel a su amor al hombre que es "el primer camino que (...) debe recorrer" (Redemptor hominis, 14). A ella le compete hoy la tarea de iluminar el rostro del hombre, en particular el rostro del moribundo, con toda la luz de su doctrina, con la luz de la razón y de la fe; tiene el deber de convocar, como ya ha hecho en diversas ocasiones cruciales, a todas las fuerzas de la comunidad y de las personas de buena voluntad para que, alrededor del moribundo se establezca con renovado calor un vinculo de amor y solidaridad.

Sentimientos ante la muerte
La Iglesia es consciente de que el momento de la muerte va acompañado siempre por sentimientos humanos muy intensos: una vida terrena termina; se produce la ruptura de los vínculos afectivos, generacionales y sociales, que forman parte de la intimidad de la persona; en la conciencia del sujeto que muere y de quien lo asiste se da el conflicto entre la esperanza en la inmortalidad y lo desconocido, que turba incluso a los espíritus más iluminados. La Iglesia eleva su voz para que no se ofenda al moribundo, sino que, por el contrario, se lo acompañe con amorosa solicitud mientras se prepara para cruzar el umbral del tiempo y entrar en la eternidad.

La dignidad del moribundo
La Iglesia, al defender el carácter sagrado de la vida también en el moribundo, no obedece a ninguna forma de absolutización de la vida física; por el contrario, enseña a respetar la verdadera dignidad de la persona, que es criatura de Dios, y ayuda a aceptar serenamente la muerte cuando las fuerzas físicas ya no se pueden sostener. En la encíclica Evangelium vitae escribi: "La vida del cuerpo en su condición terrena no es un valor absoluto para el creyente, sino que se le puede pedir que la ofrezca por un bien superior. (...) Sin embargo, ningún hombre puede decidir arbitrariamente entre vivir o morir. En efecto, sólo es dueño absoluto de esta decisión el Creador, en quien "vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17, 28)" (n. 47).

Línea de conducta moral ante el moribundo: condenas de la eutanasia y del suicidio
De aquí brota una línea de conducta moral con respecto al enfermo grave y al moribundo que es contraria, por una parte a la eutanasia y al suicidio (cf. lb., 61), y, por otra, a las formas de "encarnizamiento terapéutico", que no son un verdadero apoyo a la vida y a la dignidad del moribundo. 

Es oportuno recordar aquí el juicio de condena de la eutanasia entendida en sentido propio como "una acción o una omisión que, por su naturaleza y en la intención, cause la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor", pues constituye "una grave violación de la ley de Dios" (ib., 65). Igualmente, hay que tener presente la condena del suicidio, dado que, "bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque conlleva el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte" (ib., 66).

Cuidados paliativos
La delicadeza de las conciencias en las familias y en los hospitales favorecerá seguramente una aplicación más general de los "cuidados paliativos" a los enfermos graves y a los moribundos para aliviar los síntomas del dolor, llevándoles al mismo tiempo consuelo espiritual con una asistencia asidua y diligente. 

Deberán surgir nuevas obras para acoger a los ancianos que no son autosuficientes y se encuentran solos; pero, sobre todo, deberá promoverse una amplia organización de apoyo económico, además de moral, a la asistencia prestada a domicilio: en efecto, las familias que quieren mantener en su casa a la persona gravemente enferma, afrontan sacrificios a veces muy costosos.

Las Iglesias particulares y las congregaciones religiosas tienen la oportunidad de dar en este campo un testimonio de vanguardia, conscientes de las palabras del Señor a propósito de cuantos se prodigan por aliviar a los enfermos: "Estaba enfermo y me visitasteis" ( Mt 25, 36).

¿Cuál es el compromiso que deben asumir los fieles?
El tiempo en que vivimos exige la movilización de todas las fuerzas de la caridad cristiana y de la solidaridad humana. En efecto, es preciso afrontar los nuevos desafíos de la legalización de la eutanasia y del suicidio asistido. Para este fin no basta luchar contra esta tendencia de muerte en la opinión pública y en los parlamentos, también es necesario comprometer a la sociedad y a los organismos de la Iglesia en favor de una digna asistencia al moribundo.

Desde esta perspectiva, apoyo de buen grado a cuantos promueven obras e iniciativas pare la asistencia de los enfermos graves, de los enfermos mentales crónicos y de los moribundos. Si es necesario deben tratar de adecuar las obras asistenciales ya existentes a las nuevas exigencias para que ningún moribundo sea abandonado o se quede solo y sin asistencia ante la muerte. Ésta es la lección que nos han dejado numerosos santos y santas a lo largo de los siglos y, también recientemente, la madre Teresa de Calcula con sus oportunas iniciativas. Es preciso educar a toda comunidad diocesana y parroquial pare asistir a sus ancianos, y para cuidar y visitar a sus enfermos en sus casas y en los centros específicos según las necesidades.

 

Graciela Fernández Criado
www.iglesia.org

 

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