La historia de Bernardita Soubirous

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A QUIÉN MARÍA SE LE APARECIÓ EN LA GRUTA DE LOURDES

FIESTA: 16 DE ABRIL

 

En el siglo XIX Lourdes, es una cabeza de partido de más de 4.000 habitantes, entre los cuales hay notables, notarios, abogados, médicos oficiales, pero también obreros, canteros, pizarreros y pequeños artesanos, tales como los molineros. Los molinos son numerosos, algunos fuera de la ciudad, a lo largo de uno de los riachuelos que mueren en el Ave; así el Lapacca.

Bernardita Soubirous nace en uno de ellos, el Molino de Boly, el 7 de enero de 1844. Vivirá allí 10 años con sus padres. Son molineros y ganan honradamente su vida. Llamará a ese lugar el molino de la felicidad, porque allí descubre algo muy importante en la vida de todo hombre, de toda mujer: el amor humano. Alguna vez dirá: «Papa y mamá se aman». Esta experiencia hará de ella una joven profundamente equilibrada, sobre todo en el momento de la prueba, de la miseria y de la enfermedad.

El tiempo de la prueba

A partir de 1854, varios acontecimientos vienen a trastornar la vida de la familia de Bernardita. Primero, un accidente de trabajo disminuirá a Francisco Soubirous, cuando una esquirla de la piedra del molino le salta a un ojo y le deja tuerto. Luego, será falsamente acusado por el panadero de Lourdes, de haber robado dos sacos de harina. Le costará ocho días de cárcel. Más tarde, la sequía castiga a la región durante dos años, impidiendo las cosechas de trigo y dejando a los molineros en el paro. Finalmente, cuando estamos ya en plena revolución industrial, aparecerán los nuevos molinos de vapor con los que no pueden competir los tradicionales molinos de agua. Todos estos molinos, empezando por el de Francisco Soubirous, van a la ruina. 

Al mismo tiempo una epidemia de cólera se abate sobre Lourdes, causando 38 muertos. Varios centenares de personas se ven afectadas por esta terrible enfermedad, entre ellas Bernardita, que sufrirá las consecuencias durante toda su vida.

Los Soubirous se ven sumidos entonces en la extrema miseria. Sin vivienda, sin trabajo, sin comida, sin dinero. Un primo, Andrés Sajous, los recoge, de limosna, en una habitación de unos 16 metros cuadrados, que llamaban «le cachot», el calabozo, una antigua cárcel abandonada por insalubre. Se instalan allí a comienzos del invierno de 1857. Les prestan una cama para los padres y otra para los cuatro hijos, y disponen además de un baúl y algunas banquetas.
Marcada y herida por los acontecimientos que han llevado a su familia a la marginación social, Bernardita es víctima de un doble sentimiento de exclusión. Primero en el pueblo. La señalan con el dedo como a la que vive en «el calabozo». Y después que su padre tuvo que pasar una semana en la cárcel, la llaman la hija del «ladrón Soubirous».
Después en la parroquia. Todos los domingos va a misa; pero, a diferencia de sus compañeras, no puede ir a comulgar, porque aún no ha hecho la primera comunión. Tiene catorce años, pero la enfermedad y el trabajo le han impedido ir a la escuela, por lo que no sabe leer ni escribir. Tampoco sabe hablar francés; sólo habla el dialecto de Lourdes. Ahora bien, el catecismo se enseñaba en francés.

En noviembre de 1857, los Soubirous aceptan la propuesta de María Lagüs, la antigua nodriza de Bernardita, para que ésta vaya como criada a su casa, en Bartrès, un pueblecito cerca de Lourdes. Su padre, que la quería mucho se dijo: «Será una boca menos que alimentar». Pero el deseo de hacer la primera comunión hará que Bernardita regrese al «calabozo» en enero de 1858, pocas semanas antes de la primera aparición.

 


2. Encuentro con la Virgen

Jueves 11 de febrero: El encuentro

Acompañada de su hermana y de una amiga, Bernardita se dirige a la Gruta de Massabielle, al borde del Gave, para recoger leña, ramas secas y pequeños troncos. Mientras se está descalzando para cruzar el arroyo, oye un ruido como de una ráfaga de viento, levanta la cabeza hacia la Gruta: «VI A UNA SEÑORAVESTIDA DE BLANCO: LLEVABA UN VESTIDO BLANCO, UN VELO TAMBIÉN DE COLOR BLANCO, UN CINTURÓN AZUL Y UNA ROSA AMARILLA EN CADA PIE.» Hace la señal de la cruz y reza el rosario con la Señora. Terminada la oración, la Señora desaparece de repente.

Domingo 14 de febrero: El agua bendita

Bernardita siente una fuerza interior que la empuja a volver a la Gruta a pesar de la prohibición de sus padres. Debido a su insistencia, su madre le da permiso para volver. Después de la primera decena del rosario, Bernardita ve aparecer a la misma Señora. Le echa agua bendita. La Señora sonríe e inclina la cabeza. Terminado el rosario, la Señora desaparece.

Jueves 18 de febrero: La Señora habla

Por primera vez, la Señora habla. Bernardita le ofrece papel y una pluma y le pide que escriba su nombre. La Señora le dice: «No es necesario» y añade: «No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro. ¿Quieres hacerme el favor de venir aquí durante quince días?».

Viernes 19 de febrero: Aparición breve y silenciosa

Bernardita llega a la Gruta con una vela bendecida y encendida. De aquel gesto nacerá la costumbre de llevar velas para encenderlas ante la Gruta.

Sábado 20 de febrero: En el silencio

La Señora le ha enseñado una oración personal. Al terminar la visión, una gran tristeza invade a Bernardita.

Domingo 21 de febrero: «Aquero»

Por la mañana temprano la Señora se presenta a Bernardita, a la que acompañan un centenar de personas. Después es interrogada por el comisario de policía Jacomet, que quiere que diga lo que ha visto. Bernardita no habla más que de «AQUERO» (aquello).

Martes 23 de febrero: El secreto

Rodeada por unas ciento cincuenta personas, Bernardita se dirige hacia la Gruta. La Aparición le comunica un secreto, una confidencia «sólo para ella», pues sólo a ella concierne.

Miércoles 24 de febrero: ¡Penitencia!

Mensaje de la Señora: «¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores!
¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!» 

Jueves 25 de febrero: La fuente

Trescientas personas están allí presentes. Bernardita cuenta: «ME DIJO QUE FUERA A BEBER A LA FUENTE [...] NO ENCONTRÉ MÁS QUE UN POCO DE AGUA FANGOSA. AL CUARTO INTENTO, CONSEGUÍ BEBER; ME MANDÓ TAMBIÉN QUE COMIERA HIERBA QUE HABÍA CERCA DE LA FUENTE, LUEGO LA VISIÓN DESAPARECIÓ Y ME MARCHÉ.» Ante la muchedumbre que le comenta: «¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?», Bernardita sólo contesta. «ES POR LOS PECADORES.»

Sábado 27 de febrero: Silencio

Hay allí ese día ochocientas personas. La Aparición permanece silenciosa. Bernardita bebe agua del manantial y hace los gestos habituales de penitencia.

Domingo 28 de febrero: Penitencia

Más de mil personas asisten al éxtasis. Bernardita reza, besa la tierra y se arrastra de rodillas en señal de penitencia. A continuación se la llevan a casa del juez Ribes que la amenaza con meterla en la cárcel.

Lunes 1 de marzo: Primer milagro

Se han congregado más de mil quinientas personas y entre ellas, por primera vez, un sacerdote. Durante la noche, Catalina Latapie, una amiga de Lourdes, acude a la Gruta, moja su brazo dislocado en el agua del manantial y el brazo y la mano recuperan su agilidad.

Martes 2 de marzo: Mensaje para los sacerdotes

La muchedumbre aumenta cada vez más. La Señora le encarga: «Vete a decir a los sacerdotes que se construya aquí una capilla y que se venga en procesión.» Bernardita se lo hace saber al cura Peyramale, párroco de Lourdes. Éste tan sólo quiere saber una cosa: el nombre de la Señora. Exige, además, como prueba, ver florecer en invierno el rosal silvestre de la Gruta.

Miércoles 3 de marzo: Una sonrisa

A las siete de la mañana, cuando ya hay allí tres mil personas, Bernardita se encamina hacia la Gruta; pero ¡la Visión no aparece! Al salir del colegio, siente la llamada interior de la Señora; acude a la Gruta y vuelve a preguntarle su nombre. La respuesta es una sonrisa. El párroco Peyramale vuelve a decirle: «Si de verdad la Señora quiere una capilla, que diga su nombre y haga florecer el rosal de la Gruta.» 

Jueves 4 de marzo: ¡el día más esperado!

El gentío cada vez más numeroso (alrededor de ocho mil personas) está esperando un milagro al finalizar estos quince días. La visión permanece silenciosa. El cura Peyramale se mantiene en su postura. Durante los veinte días siguientes, Bernardita no acudirá a la Gruta; no siente dentro de sí la irresistible invitación.

Jueves 25 de marzo: ¡El nombre que se esperaba!

Por fin la visión revela su nombre; pero el rosal silvestre sobre el cual posa los pies durante las apariciones no florece. Bernardita cuenta: «LEVANTÓ LOS OJOS HACIA EL CIELO, JUNTANDO EN SIGNO DE ORACIÓN LAS MANOS QUE TENÍAABIERTAS Y TENDIDAS HACIA EL SUELO, Y ME DIJO: QUE SOY ERA IMMACULADA COUNCEPCIOU.» La joven vidente salió corriendo, repitiendo sin cesar, por el camino, aquellas palabras que no entiende. Palabras que conmueven al buen párroco, ya que Bernardita ignoraba esa expresión teológica que sirve para nombrar a la Santísima Virgen. Sólo cuatro años antes, en 1854, el papa Pío IX había declarado aquella expresión como verdad de fe, un dogma. 

Miércoles 7 de abril: El milagro del cirio

Durante esta Aparición, Bernardita sostiene en la mano su vela encendida, y en un cierto momento la llama lame su mano sin quemarla. Este hecho es inmediatamente constatado por el médico, el doctor Douzous. 

Jueves 16 de julio: Última Aparición

Bernardita siente interiormente el misterioso llamamiento de la Virgen y se dirige a la Gruta; pero el acceso a ella estaba prohibido y la gruta, vallada. Se dirige, pues, al otro lado del Gave, enfrente de la Gruta. «ME PARECÍA QUE ESTABA DELANTE DE LA GRUTA, A LA MISMA DISTANCIA QUE LAS OTRAS VECES, NO VEÍA MÁS QUE A LA VIRGEN, ¡JAMÁS LA HABÍA VISTO TAN BELLA!». 

 


3. Reconocimiento oficial de las apariciones
por la Iglesia

A la entrada de la Basílica Superior, a la derecha, se puede leer grabada en una placa de mármol la declaración solemne del Obispo de las Apariciones, Monseñor Laurence:«Juzgamos que la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, se ha aparecido realmente a Bernardita Soubirous, el 11 de febrero de 1858 y los días siguientes, hasta diez y ocho veces, en la Gruta de Massabielle, cerca de la ciudad de Lourdes; que esta aparición reviste todos los caracteres de la verdad, y que los fieles tienen fundamento para creerla como cierta. Humildemente sometemos nuestro juicio al Juicio del Soberano Pontífice, que está encargado del gobierno de la Iglesia universal».

Esta declaración del Obispo de Tarbes es fundamental: 4 años después de las Apariciones, el 18 de enero de 1862, las declara auténticas en nombre de la Iglesia.

Mons. Laurence no tardó mucho: las 18 Apariciones tuvieron lugar del 11 de febrero al 16 de julio, y el 28 de julio creó una comisión de investigación «para recoger y constatar los hechos que han ocurrido o que podrían ocurrir todavía en la gruta de Lourdes o por su causa; para indicárnoslos, para darnos a conocer su carácter y proporcionarnos de esa manera los elementos indispensables para llegar a una solución».

Una comisión de investigación

La comisión debe investigar las curaciones atribuidas al uso del agua de la gruta. Esta agua ¿es natural o sobrenatural? Las visiones de Bernardita ¿son reales? En caso afirmativo ¿tienen un carácter divino? La aparición ¿ha hecho peticiones a la niña? ¿Cuáles? La fuente de la gruta ¿existía antes de la visión que Bernardita pretende haber tenido?

En la disposición por la que crea la comisión, el Obispo insiste sobre la importancia del trabajo que hay que realizar: encuesta para restablecer los hechos, interrogatorio de los testigos, consulta de los hombres de ciencia, especialmente los médicos que hubieran tratado los enfermos antes de su curación, pero también, a los hombres versados en las ciencias de la física, química, geología. «La Comisión no debe descuidar nada para aclararlo todo y llegar a la verdad, sea la que sea».

Durante casi cuatro años, la Comisión investiga, interroga a Bernardita, y el obispo emite sus conclusiones en una famosa carta pastoral, del 18 de enero de 1862 «enjuiciando las Apariciones que han tenido lugar en la Gruta de Lourdes».

Una carta pastoral sólidamente elaborada

Después de relatar las Apariciones, el obispo explica la sabia lentitud de la Iglesia en la apreciación de los hechos sobrenaturales: exige pruebas seguras, antes de admitirlas y proclamarlas divinas, porque el demonio puede engañar a los hombres disfrazándose de ángel de luz: «Nos hemos inspirado en la Comisión compuesta por sacerdotes prudentes, instruidos, experimentados que han interrogado a la niña, estudiado los hechos, examinado todo, pesado todo. Hemos acudido a la autoridad de la ciencia y hemos quedado convencidos de que la Aparición es sobrenatural y divina, y que, por consiguiente, lo que Bernardita ha visto, es la Santísima Virgen. Nuestra convicción se ha basado en el testimonio de Bernardita, pero, sobre todo, en los hechos que se han producido y que no pueden explicarse sino por intervención divina».

El testimonio de Bernardita

El primer argumento del obispo es que Bernardita no ha querido engañar, es sincera y su testimonio presenta todas las garantías que podemos desear. «¿Quién no admira, acercándose a ella, la sencillez, el candor, la modestia de esa niña? Sólo habla cuando se le pregunta, entonces lo cuenta todo sin afectación con una ingenuidad enternecedora y a las numerosas preguntas que le hacen, da, sin dudar, unas respuestas claras, precisas, pertinentes, impregnadas de fuerte convicción». Y el obispo subraya que Bernardita no se ha inmutado ni ante las amenazas, ni tentada por generosas ofertas. «Siempre consecuente consigo misma, en los diferentes interrogatorios que le han hecho, ha mantenido siempre lo que había dicho antes, sin añadir ni quitar nada. La sinceridad de Bernardita es, pues, incontestable».

Pero el obispo va más lejos en su argumentación. Bernardita es sincera, no se ha equivocado.«Pero si Bernardita no ha querido engañar, ¿no se habrá engañado ella misma? ¿No habrá creído ver y oír lo que no vio ni oyó? ¿No habrá sido víctima de una alucinación? ¿Cómo podríamos creer eso? La prudencia de sus respuestas revela en esta niña un espíritu recto, una imaginación tranquila, un sentido común muy por encima de su edad. El sentimiento religioso nunca ha revestido en ella un carácter exaltado; no se ha visto en la joven, ni desorden intelectual, ni alteración de los sentidos que hayan podido disponerla a creaciones imaginarias».

Y el obispo añade que Bernardita ha visto, no sólo una vez sino 18 veces, improvisamente, sin ninguna preparación y que otras veces, cuando ella esperaba, no vio nada. Anota que su expresión cambiaba durante las Apariciones, y que entonces oía un lenguaje que no siempre entendía, pero que recordaba. «Ese conjunto de circunstancias no permiten que creamos en una alucinación. Por consiguiente la joven ha visto y oído realmente a un ser que se decía la Inmaculada Concepción; y como ese fenómeno no puede explicarse naturalmente, tenemos base para creer que la aparición es sobrenatural».

Las maravillas de la gracia

Completando el testimonio de Bernardita, el obispo evoca los «hechos maravillosos que se han realizado desde la primera aparición. Si se debe juzgar al árbol por sus frutos, podemos decir que la aparición contada por la joven es sobrenatural y divina; porque ha producido unos efectos sobrenaturales y divinos».

El obispo recuerda la muchedumbre siempre en aumento y recogida que acompaña las apariciones y luego, cuando estas terminan, «acuden a la Gruta peregrinos de los distritos lejanos, así como de regiones vecinas, para rezar y pedir favores a María Inmaculada. Almas cristianas se han fortalecido en la virtud, hombres sumidos en la indiferencia han vuelto a la práctica de la religión, pecadores obstinados se han reconciliado con Dios después de haber invocado a Nuestra Señora de Lourdes. Esas maravillas de la gracia, que ofrecen un carácter de universalidad y de duración sólo pueden tener a Dios como autor ¿no son por consiguiente confirmación de la veracidad de las apariciones?».

Después de las maravillas obradas «para el bien de las almas», el obispo pasa a los efectos producidos en la salud de los cuerpos, especialmente en los enfermos que, después de haber visto a Bernardita beber y lavarse en el lugar señalado por la Aparición, se preguntaban si no era la indicación de una virtud sobrenatural bajada sobre la fuente de Massabielle. «Con esta idea, unos enfermos probaron el agua de la Gruta y no fue sin éxito; varios, cuya enfermedad había resistido a los tratamientos más enérgicos, recobraron súbitamente la salud. Esas curaciones extraordinarias tuvieron una inmensa resonancia. Enfermos de todas partes pedían agua de Massabielle... No podemos hacer aquí la enumeración de todos los favores obtenidos, pero lo que debemos decir es, que el agua de Massabielle ha curado enfermos desahuciados y declarados incurables. Esas curaciones han sido conseguidas por el empleo de un agua desprovista de cualquier cualidad natural curativa, como informan competentes químicos que la han sometido a rigurosos análisis».

Esas curaciones son permanentes, precisa Mons. Laurence, y se pregunta quién las ha realizado: «La ciencia, consultada sobre ello ha respondido negativamente. Esas curaciones son obra de Dios». Ahora bien, observa el obispo, están directamente vinculadas a la Aparición que es su punto de partida y ha inspirado la confianza de los enfermos.

Juicio del Obispo

Y el Obispo concluye: «Existe pues una estrecha relación entre las curaciones y la Aparición; la Aparición es divina, ya que las curaciones llevan un sello divino. Pero lo que viene de Dios es verdad. Por consiguiente, la Aparición que se dice la Inmaculada Concepción, lo que Bernardita ha visto y oído, es la Santísima Virgen. Gritemos pues: el dedo de Dios está aquí». Y el obispo aludiendo a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción por Pío IX a finales de 1854, exclama: «He aquí que tres años después, la Santísima Virgen apareciéndose a una niña le dice «Yo soy la Inmaculada Concepción. Quiero que se levante aquí una capilla en mi honor». ¿No parece querer consagrar con un monumento el oráculo infalible del sucesor de San Pedro?». Sigue después, habiendo invocado el santo nombre de Dios, el texto del decreto con el reconocimiento oficial de las Apariciones que hemos citado al principio.

Las Apariciones y la Iglesia

Este juicio de la Iglesia es esencial, porque las Apariciones no añaden nada al credo ni al Evangelio: son un toque de atención para una época que tiende a olvidarlos, son como una Visita profética a nuestro mundo. Dios no nos centra en lo maravilloso o extraordinario: por las apariciones nos indica que volvamos al Evangelio, que es la Palabra de su Hijo, la Palabra de Vida. La conformidad del mensaje con el Evangelio, la autenticidad de la vida del testigo, los frutos de santidad que salen de él para el pueblo de Dios, esos son los criterios de autenticidad de una Aparición en la Iglesia. En Lourdes se verifican con una nitidez especial: la Iglesia no se ha equivocado en ellos.

 


 

4. Un tiempo de reflexión

Lo primero que descubrió Bernardita fue la contemplación. Conocía el Carmelo de Bagnères. En 1860-61, habló con su prima de una orden dedicada a San Bernardo. Le gustaría entrar en ella, pero su salud y su pobreza para aportar la dote resultaron un grave obstáculo.

En 1863, las hermanas del hospicio lo orientan hacia el cuidado de los enfermos. Fue una experiencia decisiva. Lo que apreciaba, entre otras cosas, en las hermanas de Nevers, era la discreción con que la trataban, en contraste con otras solicitudes, que le venían de todas las partes. Dirá más tarde: «Voy a Nevers porque nadie me lo ha pedido». El 27 de septiembre de 1863, Bernadette tuvo una conversación muy interesante con Monseñor Forcade, obispo de Nevers. Durante los meses siguientes, Bernardita va madurando su decisión sobre nuevas bases. 

El 4 de abril de 1864, después de la misa en el Hospicio, Bernardita va a hablar con la superiora, Sor Alexandrine Roques y le dice: «Querida Madre, ya sé a dónde debo ir como religiosa […]. Con ustedes».

En Nevers, la superiora, Madre Joséphine Imbert, vacilaba. Se preocupaba por los trastornos que la celebridad de la vidente podía acarrear a la comunidad religiosa que la recibiría. La Madre María Teresa Vauzou, maestra de novicias, era favorable. El obispo apoyaba la solicitud que él mismo había provocado, admitido y transmitido.

El 19 de noviembre de 1864, Bernardita recibe la respuesta favorable. El postulantado podría comenzar, pero cae enferma, de principios de diciembre de 1864 a finales de enero de 1865. Durante su convalecencia sufre la pena de la muerte de uno de sus hermanos, Justin. 

Bernardita comenzó el postulantado en febrero de 1865 y, en abril de 1866, solicita entrar en el noviciado.

El 28 de abril de 1866, anuncia su partida. Pero Mons. Laurence quiere que esté presente en la inauguración de la cripta. Bernardita asiste a la ceremonia y participa en la primera procesión oficial que respondía a la petición de la Virgen. Bernardita es víctima del acoso de los curiosos. 

Mons. Laurence autoriza finalmente la partida.

El 3 de julio de 1866, toda la familia se reúne en el molino Lacadé para la comida de despedida.

 


5. El tiempo de la vida consagrada

Del 4 al 7 de julio de 1866, hace el viaje Nevers. Es la primera y la última vez que Bernardita toma el tren y se va de su tierra de los Pirineos. 

Después de contar las apariciones, Bernardita se pone la esclavina y el gorro de postulante. Dijo expresamente que venía allí «para ocultarse». 

Bernardita sentía nostalgia de su tierra. Dirá: «Este es el mayor sacrificio de mi vida». Lo superará con gran ánimo, y también con humor. Y asumirá sin reservas esta nueva etapa: «Mi misión en Lourdes ha terminado», «Lourdes no es el cielo».

Toma el hábito el 29 de julio de 1866, tres semanas después de su llegada, con otras 42 postulantes. Recibe el nombre de hermana Marie-Bernarde.

En septiembre de 1866, el asma de Bernardita empeora. En octubre, su estado se agrava. El doctor Robert San Cyr, médico de la comunidad, garantiza que no pasará de esa noche. La Madre Mará Teresa considera bueno que Bernardita haga la profesión religiosa in articulo mortis. Sobrevive a esa noche. 

En diciembre de 1866, le llega la noticia del fallecimiento de su madre, de 41 años.

El 2 de febrero de 1867, Bernardita, recuperada, reanuda el noviciado y el 30 de octubre de 1867 hace profesión ante

Mons. Forcade. Hace profesión de «pobreza, de castidad, de obediencia y de caridad». Cada profesa recibe el Crucifijo, el Libro de las Constituciones y la carta de obediencia y de destino a una casa religiosa. 

Bernardita es destinada a la casa madre, como ayudante de la enfermera. 

En 1869, reaparecen en Bernardita los problemas de salud. 

En marzo de 1871, recibe la noticia de la muerte de su padre.

De 1875 a 1878, la enfermedad avanza. En ese estado pronuncia los votos perpetuos.

El 11 de diciembre de 1878, guarda cama definitivamente, en su capilla blanca como llama ella a la gran cama con cortinas. Muere el 16 de abril de 1879. El 30 de mayo de 1879, el féretro con el cuerpo de Bernardita es depositado en el sótano del oratorio de San José.

Otras fechas importantes:


• 1907: apertura del proceso ordinario de beatificación, que termina en 1909. 

• 1909: el 22 de septiembre, primera exhumación del cuerpo de Bernardita. El cuerpo se encuentra intacto. 

• 1913: el 13 de agosto, el Papa Pío X autoriza la introducción de la causa de beatificación. 

• 1919: el 3 de abril: segunda exhumación para reconocimiento del cuerpo. 

• 1923: el 18 de noviembre, Pío XI declara la heroicidad de las virtudes. 

• 1925: el 18 de abril, tercera exhumación del cuerpo, que se sigue manteniendo incorrupto. El 14 de junio, beatificación de Bernardita, por el Papa Pío XI, en San Pedro de Roma. El 18 de julio, el cuerpo de Bernardita es colocado en una urna, después de cubrir las manos y la cara con una fina película de cera. El 3 de agosto, traslado de la urna, del noviciado a la capilla del convento de San Gildard. 

• 1933: el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción, canonización de Bernardita por el Papa Pío XI. 

• 1958: centenario de las apariciones de Lourdes. 4 millones y medio de peregrinos. 

• 1979: centenario de la muerte de Santa Bernardita. 

El cuerpo de Bernardita

Bernardita fue enterrada en el cementerio del Convento. Treinta años después, se debe proceder a la exhumación de su cuerpo como exige la incoación de la causa de beatificación. 

Exhumado en septiembre de 1909, en abril de 1919, luego en abril de 1925, el cuerpo incorrupto de Bernardita se conserva desde el 3 de agosto de 1925, en una urna-relicario situada en la capilla del antiguo Convento de San-Gildard de Nevers.

Ante la sorpresa general, se constata que el tiempo no ha alterado su cuerpo, que se encuentra perfectamente conservado. Se puede contemplar, en la actualidad, dentro de una urna, en la capilla del convento de Nevers. El tiempo tampoco ha alterado la actualidad del testimonio de vida de Bernardita, proclamada ante el mundo como santa por el papa Pío XI, el 8 de diciembre de 1933. 

Viniendo a recogerse ante el cuerpo de Bernardita, el peregrino ve hoy la cara que contemplo 18 veces a la Santísima Virgen, las manos que, a petición Virgen, escarbaron en el suelo e hicieron brotar la fuente en el fondo de la Gruta, los labios que transmitieron las palabras de la Inmaculada y el mensaje de Lourdes.

Si en Nevers, a 800 km. de Lourdes, se pueden ver el cuerpo y la cara de Santa Bernardita, incorruptos y visibles, también en el Santuario de Lourdes existe un relicario con reliquias de la santa, particularmente una costilla, en la capilla de San José de la Cripta. El 18 de febrero, en la fiesta de Santa Bernardita, las reliquias se llevan en procesión por la ciudad y son expuestas después para la oración

La Beatificación de Bernardita

El 2 de junio de 1925, en la sala del Consistorio, el papa Pío XI declaraba que Bernardita podía ser proclamada Beata. En la mañana del domingo 14 de junio, fiesta del Corpus, la Basílica de San Pedro vibraba de alegría, resplandeciente de luz. Bajo sus bóvedas y su cúpula dorada, un gentío inmenso estaba reunido junto a la Madre María Teresa Bordenave, Superiora general de la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers, y de gran número de sus religiosas. Leído el texto de la beatificación estallaron los aplausos. Luego fue el canto del «Te Deum», cuando las campanas de San Pedro empezaron a repicar. En ese mismo momento era descubierto un cuadro de Bernardita, representando a la vidente de Lourdes llevada por los ángeles hacía la Virgen Inmaculada que le tendía los brazos. Desde entonces, Bernardita, honrada como Beata tendrá su fiesta litúrgica, su oficio propio, allí donde Roma lo permita. Se podrán exponer y venerar públicamente sus reliquias. Arrodillado en el centro del coro, Pío XI se recoge. Alguien va hacía él, mientras termina su oración: el más joven de los hermanos de Bernardita, Pedro Soubirous va a ofrecer al jefe de la Iglesia una reliquia de su bienaventurada madrina. El 3 de agosto siguiente el cuerpo de Bernardita será depositado en el coro de la gran capilla del convento de San Gildard en Nevers (Francia). 

La Canonización de Bernardita

El 8 de diciembre de 1933, el papa Pío XI pronuncia solemnemente la fórmula de la canonización de Bernardita : «En honor de la Santísima e indivisible Trinidad, para la exaltación de la fe católica y para el incremento de la religión cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de madura deliberación y habiendo implorado la ayuda divina, el parecer de nuestros venerables hermanos los cardenales de la Santa Iglesia Romana, los Patriarcas, los Arzobispos y Obispos, declaramos y definimos Santa a la Beata María Bernarda Soubirous y la inscribimos en el catálogo de los Santos, estableciendo que su memoria será piadosamente celebrada todos los años en la Iglesia universal el 16 de abril, día de su nacimiento para el cielo»

Al terminar la misa solemne celebrada por el Papa Pío XI, los asistentes entonaron espontáneamente el canto del «Ave María», como se canta en Lourdes.

 

Gentileza de www.lourdes-france.org
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