¿Cómo era la sonrisa de María?

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Entrevista a Rosangela Vegetti,
autora de un libro que responde a la pregunta.

La autora se ha especializado en información eclesial a nivel diocesano y ecuménico y tiene un interés especial por la problemática de mujeres, menores y familia. Preside el Observatorio diocesano de relaciones hombre-mujer.



¿Qué se sabe de la sonrisa de María? 

Prácticamente nada, como tampoco se sabe nada de las sonrisas de Jesucristo. Este aspecto de su vida no entraba en las consideraciones culturales del tiempo, ni interesaba a los evangelistas para ponerlo en evidencia. Nos toca a nosotros descubrir todas las posibles ocasiones en las cuales la sonrisa puede haber señalado el rostro de María o de Jesucristo. 

Desde el momento en que el mensaje de Jesús está marcado por la alegría, no es arriesgado pensar que ambos tenían una actitud sonriente hacia la vida. 

¿Por qué no hay huellas de esta sonrisa ni en la teología ni en la iconografía? 

Probablemente porque el dolor nos resulta un problema y nos inquieta, y no sucede lo mismo con la alegría. Durante siglos se han intentado encontrar razones de esperanza, de certidumbre ante las causas del sufrimiento, en la ayuda solidaria de quien sabía muy bien qué era el dolor porque lo había experimentado. 

De hecho, no es que no existan huellas de sonrisas en la teología. Basta retomar lo que decía sobre la sonrisa de María santa Teresa de Lisieux. También en la iconografía encontramos obras que indagan y representan expresiones jubilosas y sonrientes de María. 

Es necesario decir que la alegría está en el fundamento de todo el mensaje cristiano. La sonrisa, de todos modos, constituye el lado más personal, quizá más humano: es lo que se capta mirando el rostro de la persona con la que se está comunicando. 

La sonrisa implica un acercamiento y una comunicación de tú a tú. Durante siglos, las devociones a María no han facilitado su conocimiento de persona humana y personal, sino que más bien la han alejado de la historia humana convirtiéndola en demasiado celestial. 

¿Las personas con las que ha hablado para escribir el libro estaban de acuerdo con presentar a una Virgen que sonríe? 

Las personas con las cuales he reflexionado sobre el tema están de acuerdo en la importancia de abrir un campo de reflexión hasta ahora poco trabajado. 

Cada una de ellas se ha dejado implicar en una relectura profunda de los textos evangélicos, de las tradiciones y de los sentimientos personales que la sonrisa de María suscitaba en ellas. 

Y precisamente porque el tema es poco común, cada persona ha producido consideraciones fuera de los esquemas abstractos, penetrando en su más profunda sabiduría. Podría decir, por tanto, que el rostro de María se ha enriquecido con nuevas expresiones. 

María que sonríe, ¿un nuevo modelo para la mujer? 

Diría que es un nuevo modelo para todos y todas, no sólo para las mujeres: cada día obliga a todo hombre y mujer de hoy a replantearse profundamente y a comprender el valor auténtico de sí mismo. 

María trasmite lo femenino en el mensaje de Cristo, y hace surgir algunos sentimientos específicos de mujer y de madre a lo largo de toda su historia terrena: transmitió al hijo los valores fundamentales de la cultura y la educación, de la libertad en la relación con otras personas, y le educó en la alegría de estar con los demás, de hacer fiesta con los amigos, de comunicarse con vecinos y con personas lejanas. 

Durante el banquete de las bodas de Cana, María hace que el hijo intervenga con un gesto prodigioso, y esta es la única intervención de María al lado del hijo, y lo hace para garantizar la continuidad de la fiesta. 

María supo esperar hasta el final de la vida para entender su grandeza en cada momento, y nunca se sintió desanimada ni desilusionada por lo que sucedía, que podría haberla entristecido, si pensamos en la promesa que Dios le había hecho al inicio de su vida. 

Ciertamente María es un modelo para las mujeres que pueden ver en su vida todas las cosas pequeñas y grandes que conforman la vida normal, familiar y femenina, empezando por el sentido de la dignidad personal, de la tenacidad en el seguimiento del propio camino, y en la confianza en los planes de Dios y no en los propios proyectos.

 

ROMA, martes 6 julio 2004 (ZENIT.org)
Gentileza de Fluvium.org
www.iglesia.org
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