En torno al amor y la felicidad en el matrimonio

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Entrevista realizada a Tomás Melendo por José Pedro González Alcón y María Mercedes Álvarez Pérez para el programa de radio Con las zapatillas puestas.


Hay parejas que se quieren, pero que dudan si casarse o iniciar una convivencia juntos. ¿Hay alguna diferencia? 


Pienso que la diferencia es abismal. Aunque entiendo que a veces no sea fácil captarla porque, culturalmente, el matrimonio se encuentra hoy vaciado de contenido. Lo han conseguidos las leyes y los usos sociales. No me refiero solo a que en muchos países se encuentre fiscalmente desprotegido o a las consecuencias económicas del divorcio, sin duda más gravosas que las de la separación tras una simple convivencia. Aludo, sobre todo, a que la posibilidad legal de divorciarse elimina la seguridad de que se luchará por mantener el vínculo; la aceptación social y jurídica de «aventuras» extramatrimoniales, que incluso se llegan a considerar como algo «simpático», suprimen la exigencia de fidelidad; y la difusión de contraceptivos quita importancia a los hijos.

Entonces, ¿qué queda de la grandeza y belleza del matrimonio?, ¿para qué casarse? Muchos sostienen, a la vista de todo ello, que lo importante es que nos queramos… y es verdad. Pero precisamente aquí es donde hay que profundizar. Porque para poderse querer bien, a fondo, con auténticas perspectivas de éxito, hay que estar casados.

Esto puede asombrar, pero no es tan extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es cierto. Para poder amar hay que aprender y ejercitarse, hacer actos notables de amor: igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta. 

Pues bien, la boda habilita para amar de una manera real, efectiva, muy superior, insuperable. El matrimonio no se acaba de entender bien: se lo contempla como una ceremonia, un contrato, un compromiso… Y no es que todo ello sea falso, pero sí un tanto pobre. La boda es, en su esencia, un acto libérrimo de amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, único, por el que me entrego plenamente a otra persona y nos decidimos a amarnos de por vida. Es amor de amores: amor sublime que permite amar. Ese acto tan impresionante me pone en condiciones de amar bien: fortalece mi voluntad y la faculta para amar a otro nivel, me sitúa en otra esfera. Si no me caso, sin ese acto radical de amor, estoy incapacitado —aunque yo no lo advierta— para amar de verasa mi cónyuge, como quien no se entrena o no aprende un idioma, por más que lo desee, no puede sobresalir en un deporte o hablar esa lengua con fluidez.

No puedo detenerme más, pero vale la pena pensar sobre todo ello.

¿Existen implicaciones psicológicas que aconsejen el matrimonio sobre la simple convivencia? 

También, y muy claras. El ser humano sólo es feliz cuando lleva a cabo algo grande, algo que merezca ser realizado. Y lo más impresionante que un hombre o una mujer pueden hacer es amar. Vale la pena dedicar toda la vida a amar y a amar cada vez mejor y más intensamente. En realidad, es lo único que vale la pena: todo lo demás, todo, debería ser tan sólo un medio para amar mejor.

Cuando me caso, establezco las condiciones adecuadas para dedicarme a la tarea de amar. Si simplemente vivimos juntos, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, aunque no sea consciente de ello, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no «perder lo ganado». 

El problema más grave, y el que origina los demás problemas, es entonces la inseguridad: la relación puede romperse en cualquier momento; no tengo certeza de que el otro se va a empeñar seriamente en quererme y superar las dificultades: ¿por qué habría de hacerlo yo?; no puedo bajar la guardia, mostrarme de verdad como soy… no sea que mi pareja advierta defectos que no le gustan y considere que es preferible no seguir adelante; ante los obstáculos y contrariedades que necesariamente surgirán, la tentación de abandonar el empeño está muy cerca, puesto que nada lo impide…

En resumen, la simple convivencia sin entrega definitiva crea un clima en el que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad— resulta muy comprometida.

«El amor es lo importante, no los papeles» ¿Qué hay de verdad en esta aseveración?

Mucho, muchísimo, incluso me atrevería a decir que todo. El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin mutua entrega, sin casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante… pero resultan imprescindibles. ¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras: la familia es —¡debería ser!— la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud y el correcto desarrollo de una sociedad: resulta imprescindible, por tanto, que se sepa que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y constituir una familia. No somos versos sueltos, seres aislados; mónadas cerradas, sin puertas ni ventanas, que diríamos los filósofos.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio —ceremonia religiosa y civil, fiesta con familiares y amigos, participaciones del acontecimiento, anuncio en los medios si es el caso, etc.— deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges: si eso va a cambiar radicalmente mi vida para mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y extraordinaria aventura… me gustará que quede constancia: igual que anuncio con bombo y platillo las restantes buenas noticias. 

Igual, no. Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inmejorable para crecer personalmente, para ser mejor persona y alcanzar así la felicidad… al tiempo y en la medida en se la procuro a mi cónyuge.

Muchos quieren vivir juntos antes de casarse para conocerse, para saber si congenian, etc. ¿Esta forma de plantearse el inicio de la vida en común da resultados buenos? 

Supongo que en ese vivir juntos está incluido también dormir juntos, tener relaciones sexuales.

Pues bien, las estadísticas manifiestan con claridad que semejante convivencia prácticamente nunca produce efectos beneficiosos. Aporto sólo un par de datos. El primero, que los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio. Después, que entre los jóvenes, cuando empiezan a mantener relaciones, la actitudes cambian notablemente, empeoran: se tornan más posesivos, más celosos, más irritables… Por eso quienes poseen un poco de experiencia advierten de inmediato cuando un par de chicos ha iniciado ese trato íntimo. 

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de instrumentos de música; a las personas se las respeta, se las venera, se las ama; por ellas arriesga uno la vida, «se juega —como decía Marañón— a cara o cruz, el porvenir del propio corazón». 

Y todavía cabe aportar otro motivo: no se puede (es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario) hacer esa prueba, porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no sólo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente; en cierto modo los hace otros, distintos; los transforma en esposos; les permite amar de veras: ¡antes no es posible hacerlo!, como ya dije.

Se trata de un tema apasionante, que me encantaría desarrollar, pero no es éste el momento: la clave estaría en entender de veras en qué consiste la libertad como capacidad de autotransformarse y autoconstruirse… hasta desplegar le entera riqueza de una persona cabal y plena.

Da la impresión que lo del amor sin papeles o sin ataduras cuadra más con la visión masculina del amor, ¿es así? Si es afirmativo ¿resultaría la mujer más perjudicada en una relación libre?

Quizás esa afirmación sea aplicable a lo peor del estereotipo de «macho» que reina en nuestra cultura (y tal vez no sin motivo). Gracias a Dios, muchísimos hombres no son así: personalmente, no me reconozco en absoluto en esa imagen. 

Pero no deja de ser cierto que el varón que no quiere amar en serio se encuentra «más a gusto» en una relación sin compromisos. La mujer, a veces, también, o al menos así lo aparenta; pero de hecho, y hasta cierto punto, se halla efectivamente más indefensa ante la posibilidad de una ruptura; además, sobre todo si ha habido hijos, queda mucho más marcada y con más responsabilidades.

De todos modos, me gustaría insistir en que, con total independencia de lo que más tarde suceda, los perjudicados son los dos, que no pueden amar de veras ni mejorar ni ser felices. Perdonad que insista en este punto, pero es capital para enfocar bien las cosas.

La relación entre amor y felicidad es otro de los grandes temas… que parece que ahora también hay que dejar en barbecho. Lo trataremos, si queréis, en otra ocasión.

¿Por qué aquellos que no quieren un amor «con papeles»ahora los están pidiendo, e incluso que se regule su situación como pareja de hecho?

Kierkegaard decía que lo que más aterra al ser humano, más que ninguna otra cosa, es la soledad. Y se refería principalmente a ese ser distinto a los demás, a quedarse aislado, por ejemplo, defendiendo una opinión que no es la de todos, la que hoy llamaríamos políticamente correcta. A eso tenemos auténtico pavor.

Pero, mal que bien, y a pesar de toda la publicidad y la legislación en contra, el matrimonio sigue gozando en la actualidad de claro prestigio como situación normal. No extraña, por eso, aunque pueda parecer contradictorio, que una pareja de hecho reclame el amparo del derecho, que quiera igualar su situación con los casados: ser «como los otros», según la también conocida expresión de Kierkegaard, que es uno de los modos más típicos de huir de la ansiedad y el descontento, como bien explica la psiquiatría.

Dentro del matrimonio ¿existen diferencias entre contraer un matrimonio civil o un matrimonio religioso?

Primero insistiría en que cualquier auténtico matrimonio válido es ya algo sagrado. De hecho, en prácticamente todas las culturas se ha acentuado esa dimensión sacra. Y es que es muy serio que dos personas decidan amarse de por vida y pongan en juego su capacidad de traer al mundo adecuadamente —como consecuencia directa y natural de su amor— nuevas personas humanas.

Pero eso, conviene aclararlo, es pertinente para todo matrimonio válido, real. Y, para los católicos, que es el caso más frecuente en España hoy por hoy, un matrimonio solo civil sencillamente no es matrimonio. Es cuestión de coherencia con los propios principios. No es lógico llamarse católico y no actuar como tal. Ni la fe ni la gracia son «complementos» de quita y pon.

Además, el matrimonio-sacramento lleva consigo unas gracias especiales que facilitan grandemente el amor mutuo y ayudan a superar los momentos malos que existen incluso en las parejas mejor avenidas.

Ante el matrimonio, ¿cómo yo me puedo comprometer a algo para toda la vida, si no sé qué cosas pueden pasarme, o si elijo bien a la pareja?

Antes que nada, diría que para eso esta el noviazgo, una «institución» —por llamarla de algún modo— muy desprestigiada en nuestros días. Es un período imprescindible, que ofrece la oportunidad de conocer al otro y darme a conocer a él, seriamente, de modo que sí puedo empezar a vislumbrar cómo será la vida en común.

Añadiría que ningún ser humano, en ningún ámbito de su vida, puede saber lo que le deparará el futuro. Eso sería jugar al «superhombre», a ser «como dioses». Toda decisión respecto al porvenir implica un cierto riesgo, que incrementa su carácter de aventura y que uno afronta con ese espíritu deportivo, audaz y un tanto arriesgado… si es que tiene un mínimo de agallas. El ejemplo más claro son tal vez los buenos empresarios. 

Después, y esto no es en absoluto una salida de tono, si soy como debo ya sé bastante de lo que va a pasar cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para amar a la otra persona y procurar hacerla muy feliz. Y si ese propósito es serio y conozco mínimamente al otro, será compartido por él o ella: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces no es nada fácil que el matrimonio fracase.

La clave está siempre en uno mismo, en la disposición firme de amar sin componendas. Si es sincera, suele contagiar al otro.

Ante estos interrogantes, ¿cuánto hay que pensárselo?

No creo que la pregunta clave sea el «cuánto». Eso depende de muchas circunstancias. No es lo mismo un noviazgo a los 16 años que a los 25 o a los 32: hay más madurez en los últimos casos y más capacidad para conocer con mayor celeridad al otro.

Pero lo importante son más bien los rasgos que tengo que tener en cuenta. Por ejemplo, si «me veo» viviendo durante el resto de mis días con esa persona; también, y antes, cómo actúa en su trabajo, en las relaciones con su familia, con los amigos; si sabe controlar sus impulsos sexuales (pues nadie me asegura que sea capaz de hacerlo, si no, cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra); si me gustaría que mis hijos se parecieran a él o a ella… porque de hecho se van a parecer, lo quiera o no; si lo «veo» como el padre o madre adecuado para mis hijos; si sabe estar más pendiente de mi bien (y del suyo) que de sus caprichos…

En definitiva, atender más a lo que es; después, a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta (no solo con uno, sino sobre todo, según acabo de apuntar, en las restantes esferas de su actividad: en la familia, en el trabajo, en su vida social, con los amigos, en el trato con Dios…); y en tercer lugar, a lo que dice o promete, que sólo tendrá valor cuando concuerde con lo que es y con su conducta.

¿De qué cosas conviene estar bien seguro antes de dar el paso? ¿Estas cosas cruciales cómo se pueden conocer? (Da la impresión de que hablando solamente es un método muy débil, pues pueden engañar)

Buena parte de esta pregunta la he contestado ya. Resumo, pues: de lo que debo estar seguro es de que se trata de una buena persona o de que puede llegar a serlo y está dispuesta a luchar para conseguirlo… y comienza ese combate ya antes del matrimonio (uno de los engaños más perniciosos a este respecto es la convicción, más frecuente tal vez en las mujeres, de que al casarse conmigo va a «cambiar»). Y, también, de que efectivamente me ama: que va a colocar mi bien real y el bien real de nuestros hijos por encima de sus intereses y sus antojos. Y, obviamente, que yo estoy dispuesto o dispuesta a hacer otro tanto.


La longitud de los noviazgos hoy, sin prisa alguna para casarse. ¿A qué es debido? 

Estimo que las razones son múltiples y que en cada caso influyen unas u otras, por lo que es difícil generalizar. No habría que descartar la simple costumbre: el hombre y la mujer tienden a imitar lo que los demás hacen y hoy es bastante común ese retraso al que os referís. 

Si queremos ir más al fondo de la cuestión, cabría embocar una vía optimista. Algunos jóvenes son conscientes de que, por muy diversos motivos, no están todavía preparados para asumir las cargas —gozosas pero costosas— del matrimonio y los hijos. Y prefieren madurar antes de dar un paso tan decisivo.

Pero también hay, de ordinario sin plena conciencia, motivos menos positivos: un cierto miedo al compromiso, el afán de seguridad tan caracterizador de nuestra época y tan «neurotizante», la tranquilidad de estar viviendo al amparo —¡y a costa!— de papá y mamá, incluso la pretensión un tanto ingenua —porque acaba por convertirse en lo contrario de lo que buscan— de «aprovechar» lo mejor del amor sin cargar con sus consecuencias desagradables (y esto suele acrecentarse cuando los novios hacen ya la mal llamada «vida de pareja»)…

Otras cuestiones que se plantean las parejas es la de tener o no hijos. Estos primeros años de vida en común: «vamos a esperar para tener niños, queremos conocernos, disfrutar un poco»¿Son los hijos un inconveniente para el mutuo conocimiento y la felicidad de la pareja?

Todo lo contrario: los hijos son uno de los medios más impresionantes para mejorar la relación entre los esposos. Aquí acudiría a mi experiencia y a la de muchos matrimonios en circunstancias similares. Puedo decir con plena sinceridad que el efecto más grandioso de la llegada a casa de cada nuevo hijo ha sido el de incrementar palpablemente el amor —y también la atracción, incluida la sexual— entre mi mujer y yo. 

Todo esto tiene fundamentos filosóficos muy profundos que no puedo desarrollar, como que el hijo es la encarnación vital del amor de mi mujer y mío, como una síntesis de ambos y que, por tanto, al quererlo a él estoy queriendo «dos veces», y con mayor intensidad, a mi mujer y a mí mismo… y muchas otras cuestiones estupendas sobre las que se debería reflexionar.

Pero sería entrar en honduras impropias de una entrevista. Acudo, por tanto, de nuevo, a mi testimonio personal. Incluso, venciendo un natural pudor y exclusivamente para que comprueben que no es una respuesta inventada ahora para salir del paso, me atrevería a brindarles un soneto que compuse para mi mujer —para ella sola— después del nacimiento de nuestro séptimo y último hijo. Pido perdón por la temeridad y también a los que la poesía no sea de su agrado:

SIETE VECES, MUJER, HAS TRANSCENDIDO,
siete veces con Dios te has tuteado,
siete veces mi amor has condensado,
siete veces el mundo has resumido.

Siete veces, mujer, he presentido
siete abismos que en carne has substanciado,
y en las siete, al nacer, he comprobado
que mi pasión por ti había crecido.

No fue sólo cariño lo ganado,
ni fue hondura de amor comprometido,
materia del espíritu señero;

también mi ardor rugió multiplicado,
también vibró mi cuerpo enardecido:
fue exaltación total del hombre entero.


Otras personas esperan a resolver su situación económica, laboral, de vivienda, etc. ¿Cuándo es el momento idóneo para empezar a tener hijos?

En cuanto uno se ha casado. El amor, todo amor, es naturalmente fecundo. Platón lo definió como un «afán de engendrar en la belleza». El amor conyugal tiene una especial fecundidad, que es dar la vida a nuevas personas. Limitar o impedir la fecundidad de cualquier amor, también del conyugal, es cortarle las alas y, con ello, poner claros obstáculos para la propia felicidad. Vale la pena el esfuerzo innegable que lleva aparejado cada hijo, entre otros motivos, porque eso supone una mejora del amor recíproco. La clave de todo el asunto, como vengo repitiendo, es el amor.

Por otra parte, a pesar de los cambios notables e innegables que la sociedad ha experimentado, sigue siendo cierto aquel conocido dicho de que «cada hijo trae un pan bajo el brazo». Aquí el problema, y lo digo sin ironía, es que para muchos de nuestros hijos, ¡y para nosotros mismos, sobre todo!, el «pan» ya no nos parece suficiente. Aspiramos a un nivel de vida tan repleto de realidades superfluas que la «oportunidad» de concebir y traer a la existencia a un nuevo hijo se ve profundamente mermada… para después condenarnos y condenarlos a una insatisfacción endémica, derivada justamente de «tener demasiado de todo».

En cualquier caso, si efectivamente las circunstancias no permitieran tenerlos, mi consejo es que retrasen la boda hasta que la coyuntura mejore. Pero repito la advertencia anterior: las pretensiones de comodidad actuales para llegar al matrimonio son desmesuradas. Un hijo vale infinitamente más que el coche, la televisión, la vivienda bien amueblada…: es una fuente incomparablemente mayor de felicidad y dicha.

Una pareja «va a por el hijo» cuando ya ha conseguido un nivel de bienestar, por ejemplo, y a los pocos meses se produce un revés económico o se quedan sin trabajo, y con el niño recién nacido o de camino. ¿Con qué actitud hay que esperar a los hijos para que no nos afecten los cambios que suceden en la vida y que no podemos prever?

Esos cambios tienen que afectarnos: no somos de piedra. Pienso que tu pregunta se refiere más bien a que no produzcan en nosotros unos efectos desproporcionados o nos lleven a actuar de forma de la que más tarde nos tengamos que arrepentir.

La adecuada actitud ante el hijo es considerarlo como lo que es —una persona— y, por eso, con independencia de toda circunstancia, como un gran bien: lo más perfecto que existe en la naturaleza, que decían los clásicos, o un hijo de Dios, si todavía quieres verlo más claro. Una persona, además, que es el fruto de nuestro amor y que va a incrementarlo, como antes decía, aun en medio de sacrificios personales.

Aquí entraría otro tema de capital importancia en la cultura de hoy: entendemos la felicidad como total ausencia de dificultades, de esfuerzo, de dolor… Pero no es así. Como ya apuntaba, la felicidad es proporcional —exclusivamente proporcional, me atrevería a añadir— al amor. Y el amor se templa y mejora, se pule, crece… precisamente mediante el sacrificio (y también sabiendo aprovechar a fondo las alegrías de la vida conyugal y familiar, que superan en mucho a las contrariedades).

El que hoy pretendamos evitar a toda costa cualquier tipo de molestia o sufrimiento constituye una de las causas de tanta infelicidad… y de tantas neurosis, como bien experimentado tienen los psiquiatras.

¿Es la «parejita» el número ideal de hijos?

Estimo que, así, en abstracto, no hay un número ideal de hijos. Lo determinante es la actitud de los padres entre sí y para con la posible descendencia. Y la alternativa es, ya desde antes de la llegada de la descendencia e incluso desde antes del noviazgo, o amor real al otro… o egoísmo. Si mi novia o mi novio, si mi mujer o mi marido es más importante que yo, y él o ella me corresponde de la misma forma, estamos poniendo las bases para que nuestro matrimonio sea dichosísimo. 

Nos queremos de veras y querremos, también de veras, el fruto natural de ese amor. Sean uno, dos, muchos o ninguno, los hijos constituirán siempre una prueba de amor mutuo, al mismo tiempo que el término o el fruto de ese amor conjunto. 

Propiamente, el hijo ni se busca ni se evita. De lo que se trata es de amar con auténtica pasión al cónyuge, asumiendo todas las consecuencias que de ahí se deriven. Si, como resultado de ese amor, vienen muchos hijos, pues magnífico: también ellos serán amados. Si vienen sólo uno o dos, también estupendo. E igual, exactamente igual, si no llega ninguno.

De todos modos, por mi experiencia y la comparación con la de amigos míos que tienen menos, puedo afirmar con pleno convencimiento que educar a siete hijos, como es mi caso, plantea muchísimos menos problemas que educar a uno o dos. El hijo único está normalmente en inferioridad de condiciones; y la parejita equivale tantas veces a dos hijos únicos. (En este sentido, hay quienes afirman con gracia que hoy buena parte de los niños occidentales son «un poco huérfanos» —al menos de padre, que apenas se ocupa de ellos— y «un poco hijos únicos», por cuanto se los trata como tales también cuando son dos).

Una persona es lo más grande que existe en el mundo y que podemos ofrecer a otra: en realidad, lo único digno de serle ofrecida. El trato con los hermanos presenta muchas más ventajas que todas las comodidades, atenciones y mimos que podamos los padres brindar a nuestros hijos a cambio de esos hermanos.

Muchos padres no tienen más hijos porque piensan que van a perjudicar a los que ya tienen, ¿dónde está el equilibrio entre el número de hijos, el bienestar y la atención de los padres?

Me vais a permitir que vuelva a lo mismo: el equilibrio está en el amor y en su consecuencia natural: la alegría, por un lado (vuelvo a subrayarlo), y el sacrificio, por otro, que es el que ahora nos interesa. Aunque no acabara de encuadrar bien esa afirmación, Freud decía que el amor torna vulnerables. Cuando amo, tengo que estar dispuesto a sufrir… aunque con la conciencia clara de que ese dolor no sólo no es incompatible con la felicidad, sino más bien uno de sus componentes aquí en la tierra. Si esto se acepta —y la mentalidad contemporánea tiende a rechazarlo casi visceralmente—, el equilibrio ya está conseguido. Ahora solo se trata de aplicarlo a mi situación concreta.

 

 

Por Tomás Melendo Granados
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia
Universidad de Málaga (UMA), España
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