CAP. VI
BIOGRAFÍA DE JESÚS
Apertura del segundo período
La labor de Jesús entra ya en su fase
decisiva: su misión mesiánica. Para ser discípulo
suyo —cristiano— siempre fue necesario creer que El era
el Cristo, el Mesías prometido, el Ungido de Dios. Sin
embargo, Jesús no había dicho hasta ahora cuál
habría de ser el modo en que realizaría su misión
mesiánica; esto es, por su pasión y resurrección.
Lo hará a partir de este momento.
Después de la segunda multiplicación
de los panes el Señor se dirigirá hacia Cesarea de
Filipo. Cruza primero hacia Dalmanutá, una aldea muy chica,
hoy desaparecida, vecina a Magdala, donde nuevamente los fariseos y
saduceos piden un signo del cielo (Mt 15, 39 – 16, 4; Mc 8,
10-13). En esta ocasión ni les contesta. Atraviesa luego el
lago en diagonal hacia Betsaida, y en el trayecto invita a los
discípulos a tener cuidado con la levadura de Herodes, los
fariseos y los saduceos (Mt 16, 5-12; Mc 8, 14-21). Y ya en Betsaida
realiza la curación gradual del ciego (Mc 8, 22-26), un
milagro que quiso expresar la gradualidad con la que El mismo habría
hecho ver el Mesías a sus discípulos. Es posible que
también en este contexto Jesús haya realizado la
curación de la mujer encorvada (Lc 13, 10-17); episodio al que
se añaden las dos parábolas de la semilla de mostaza y
de la levadura, que son temas de gradualidad (Lc 13, 18-21).
Ya en Cesarea de Filipo tiene lugar la
célebre confesión de Pedro (Mt 16, 13-20; Mc 8, 27-30;
Lc 9, 18-21), junto con el inmediato primer anuncio de la pasión
y resurrección (Mt 16, 13, 21-23; Mc 8, 31-33; Lc 9, 22). El
rechazo de Pedro lleva al Señor a enseñar que el
cristiano debe tomar su cruz (Mt 16, 24-27; Mc 8, 34-38; Lc 9,
23-26); es decir, el cristiano debe vivir su vida como martirio. Al
final hace el anuncio de su futura transfiguración (Mt 16, 28;
Mc 9, 1; Lc 9, 27).
En el intervalo de ocho días entre los
episodios anteriores y su transfiguración, el Señor va
a Jerusalén para la fiesta de Pentecostés. Yendo por el
norte de Galilea tienen lugar las enseñanzas a propósito
de la puerta angosta (Lc 13, 22-30), la respuesta a Herodes el zorro
(Lc 13, 31-33) y el sucesivo apóstrofe de Jerusalén (Lc
13, 34-35). Se detuvo un sábado a almorzar en casa de un jefe
de fariseos, donde realiza la curación del hidrópico y
expone varias enseñanzas más sobre la elección
de asientos y de invitados y la parábola de los que se excusan
(Lc 14, 1-24). Puesto nuevamente en camino insiste en la necesidad de
dejarlo todo (Lc 14, 25-35).
Llegado a Jerusalén, el paralítico
curado anteriormente en Betzatá identifica al Señor, y
entonces comienzan unas fuertes discusiones por la curación
del paralítico, que desembocan en un nuevo intento de matar a
Jesús (Jn 5, 14-47). Esta actitud hostil permanecerá.
De regreso a Galilea el Señor enseña
las tres parábolas de la misericordia —la oveja perdida,
la dracma encontrada y el hijo pródigo— (Lc 15, 1-32); y
más tarde las parábolas del administrador infiel (Lc
16, 1-15) y la del pobre Lázaro (Lc 16, 19-31).
A la llegada al Monte Tabor tiene lugar la
transfiguración del Señor (Mt 17, 1-13; Mc 9, 2-13; Lc
9, 28-36). Esta teofanía guarda un paralelismo muy estrecho
con el bautismo en el Jordán, especialmente por lo que se
refiere a la voz de Dios Padre. Por eso, si el testimonio de Juan y
el bautismo del Jordán abrieron el primer período de la
vida pública, puede decirse que la confesión de Pedro y
la trasfiguración del Tabor abren el segundo período.
Inmediatamente después de bajar del
monte, tiene lugar la curación del endemoniado epiléptico
(Mt 17, 14-20; Mc 9, 14-29; Lc 9, 37-43a). Es un episodio que
recuerda de algún modo aquel combate de Jesús contra
las insidias satánicas, que fueron las tentaciones después
del ayuno en el monte de la Cuarentena.