¿Qué preocupa a los jóvenes?

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¿Cómo podría la Iglesia abrir las puertas a la juventud? Solo podemos abrirnos a los jóvenes partiendo de ellos mismos.

¿Cuáles son sus intereses? ¿Dónde viven? ¿Cómo viven ellos sus relaciones? ¿Qué critican y qué compromiso exigen de nosotros? Aquí pueden encontrarse muchas inquietudes en las que los colaboradores eclesiásticos pueden participar. Al comienzo, los jóvenes están en el centro: sólo después pueden introducirse los adultos y las estructuras eclesiásticas para ofrecer su apoyo y sus correcciones.

Por cierto, este camino no funciona si comenzamos prescribiéndole a la juventud cómo ha de vivir y después la juzgamos con la intención de captar a aquellos de entre los jóvenes que corresponden a nuestras reglas y representaciones. La comunicación debe iniciarse en libertad, pues, de otro modo, no es comunicación. Sobre todo, así no puede conquistarse a nadie -a lo sumo, de ese modo se lo puede reprimir-. El ser humano con el que me encuentro es desde el comienzo un interlocutor en pie de igualdad y un sujeto. En el diálogo con él llegamos a concebir nuevas ideas y a dar pasos en común.

La cuestión en la que los jóvenes son más sensibles y susceptibles es si los tomamos como interlocutores en pie de igualdad o si queremos hacerlos objeto de nuestras enseñanzas como si fuesen tontos o estuviesen equivocados. Nosotros creemos que todos los hombres son criaturas de Dios y tienen una misma dignidad. Este es un requisito decisivo para toda comunicación en la que participemos.

 

Extraído de Coloquios nocturnos en Jerusalém – Carlo M. Martini y Georg Sporschill

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