Catequesis de Benedicto XVI sobre la Iglesia

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SANTIAGO EL MAYOR

Continuamos con la serie de retratos de los apóstoles escogidos directamente por Jesús durante su vida.

Hemos hablado de san Pedro, de su hermano Andrés. Hoy, nos encontramos con la figura de Santiago. Las listas bíblicas de los Doce mencionan a dos personas con este nombre: Santiago, hijo de Zebedeo, y Santiago, hijo de Alfeo (Cf. Marcos 3, 17.18; Mateo 10,2-3), que son comúnmente distinguidos con los apelativos de Santiago el Mayor y de Santiago el Menor. Estas designaciones no quieren medir su santidad, sino simplemente constatar la diferente relevancia que reciben en los escritos del Nuevo Testamento y, en particular, en el marco de la vida terrena de Jesús. Hoy dedicamos nuestra atención al primero de estos dos personajes del mismo nombre.

El nombre de Santiago [Jacobo, ndt.] es la traducción de «Iákobos», variación bajo la influencia griega del nombre del famoso patriarca Jacob. El apóstol de este nombre es hermano de Juan, y en las listas mencionadas ocupa el segundo lugar después de Pedro, como sucede en Marcos (3, 17), o el tercer lugar después de Pedro y Andrés, como en los Evangelios de Mateo (10, 2) y de Lucas (6, 14), mientras en los Hechos de los Apóstoles aparece después de Pedro y de Juan (1, 13). Este Santiago pertenece, junto a Pedro y Juan, al grupo de los tres discípulos privilegiados que han sido admitidos por Jesús a momentos importantes de su vida.

Dado que hace mucho calor, quisiera abreviar y mencionar ahora sólo dos de estas ocasiones. Pudo participar, junto a Pedro y Juan, en el momento de la agonía de Jesús, en el Huerto de Getsemaní, y en el momento de la Transfiguración de Jesús. Se trata, por tanto, de situaciones muy diferentes entre sí: en un caso, Santiago, con los otros dos apóstoles, experimenta la gloria del Señor, le ve hablando con Moisés y Elías, ve traslucir el esplendor divino en Jesús; en el otro, se encuentra ante el sufrimiento y la humillación, ve con sus propios ojos cómo el Hijo de Dios se humilla, haciéndose obediente hasta la muerte. Ciertamente la segunda experiencia constituyó para él una oportunidad para madurar en la fe, para corregir la interpretación unilateral, triunfalista de la primera: tuvo que atisbar cómo el Mesías, esperado por el pueblo judío como un triunfador, en realidad no sólo estaba rodeado de honor y gloria, sino también de sufrimientos y debilidad. La gloria de Cristo se realiza precisamente en la Cruz, en la participación en nuestros sufrimientos.

Esta maduración de la fe fue llevada a cumplimiento por el Espíritu Santo en Pentecostés, de manera que Santiago, cuando llegó el momento del supremo testimonio, no se echó para atrás. Al inicio de los años 40 del siglo I, el rey Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, como nos informa Lucas: «echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan» (Hechos 12, 1-2). La concisión de la noticia, carente de todo detalle narrativo, revela, por una parte, cómo era normal para los cristianos testimoniar al Señor con la propia vida y, por otra, que Santiago tenía una posición de relevancia en la Iglesia de Jerusalén, en parte a causa del papel desempeñado durante la existencia terrena de Jesús.

Una tradición sucesiva, que se remonta al menos hasta Isidoro de Sevilla, cuenta que estuvo en España para evangelizar esa importante región del imperio romano. Según otra tradición, su cuerpo habría sido trasladado a España, a la ciudad de Santiago de Compostela. Como todos sabemos, aquel lugar se convirtió en objeto de gran veneración y todavía hoy es meta de numerosas peregrinaciones, no sólo desde Europa, sino desde todo el mundo. De este modo se explica la representación iconográfica de Santiago con el bastón del peregrino, y el rollo del Evangelio, características del apóstol itinerante, entregado al anuncio de la «buena noticia», características de la peregrinación de la vida cristiana.

Por tanto, de Santiago podemos aprender mucho: la prontitud para acoger la llamada del Señor, incluso cuando nos pide que dejemos la «barca» de nuestras seguridades humanas; el entusiasmo para seguirle por los caminos que Él nos indica más allá de nuestra presunción ilusoria; la disponibilidad para dar testimonio de Él con valentía y, si es necesario, con el sacrificio supremo de la vida. De este modo, Santiago el Mayor se nos presenta como ejemplo elocuente de generosa adhesión a Cristo. Él, que inicialmente había pedido, a través de su madre, sentarse con el hermano junto al Maestro en su Reino, fue precisamente el primero en beber del cáliz de la pasión, en compartir con los apóstoles el martirio.

Y, al final, resumiendo todo, podemos decir que su camino no sólo exterior sino sobre todo interior, desde el monte de la Transfiguración hasta el monte de la agonía, es un símbolo de la peregrinación de la vida cristiana, entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, como dice el Concilio Vaticano II. Siguiendo a Jesús, como Santiago, sabemos, incluso en las dificultades, que vamos por el buen camino.

 

S.S. Benedicto XVI, 21 de junio de 2006

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