Busca la paz

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“Así la paz de Cristo reinará en sus corazones...” (Col 3, 15)

Nuestra época es un tiempo de agitación y de inquietud. Esta tendencia, evidentemente en la vida diaria de nuestros contemporáneos, se manifiesta también muy a menudo en el ámbito mismo de la vida cristiana y espiritual: nuestra búsqueda de Dios, de la santidad, del servicio al prójimo es también, frecuentemente, agitada y ansiosa, en lugar de ser confiada y apacible, como debería serlo si estuviésemos en actitud de niños pequeños, como pide el Evangelio.

Sin embargo es fundamental que comprendamos algún día que el camino hacia Dios y hacia la perfección que se nos exige es mucho más eficaz y breve, y mucho más fácil también, en la medida en que el hombre haya aprendido, poco a poco, a conservar en toda circunstancia la paz profunda de su corazón. Porque, de esta manera, el hombre se vuelve dócil al Espíritu Santo, y el Señor hace en él, por su gracia, mucho más que lo que él podría hacer por sus propios esfuerzos.

Para comprender lo fundamental que es, para el desarrollo de la vida cristiana, esforzarse en adquirir y conservar en la mayor medida posible la paz del corazón, lo primero que debemos hacer es estar totalmente convencidos de que todo el bien que podemos hacer viene de Dios y sólo de Dios. “Sin mí no pueden hacer nada”, ha dicho Jesús (Jn 15, 5). No ha dicho: sin mí no pueden hacer gran cosa, sino “no pueden hacer nada”.

Es esencial para nosotros que estemos convencidos de esta verdad. Necesitaremos atravesar muchos fracasos, pruebas y humillaciones permitidas por Dios para que ella se nos imponga, no sólo en el plano de la inteligencia, sino como una experiencia de todo nuestro ser. (…) Según el testimonio de todos los santos, es indispensable para nosotros adquirir este conocimiento. Este es, en efecto, el preludio necesario a todas las grandes cosas que el Señor hará en nosotros por el poder de su gracia. Por esto la pequeña Teresa decía que la cosa más grande que el Señor había hecho en su alma era “haberle mostrado su pequeñez, su impotencia”.

El objetivo al que debemos tender es no tanto imponernos hacer una cantidad de cosas (…) según nuestros proyectos (…) sino intentar descubrir cuáles son las disposiciones de nuestra alma, las actitudes profundas del corazón, las condiciones espirituales que permitirán a Dios actuar en nosotros. Es sólo así que podremos dar fruto, y un “fruto que permanezca” (Jn 15, 16).

 

Por Jacques Philippe

Extraído de “Busca la Paz y consérvala. Pequeño tratado sobre la paz del corazón”

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