La vocación explicada por Benedicto XVI

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Al comenzar el año en el que Benedicto XVI desea dedicar a redescubrir la belleza de la vocación sacerdotal, no parece descabellado sacar a la luz textos, con una fuerza impresionante, de Benedicto XVI y de Juan Pablo II que, bien en las Jornadas Mundiales de la Juventud como en otras reuniones con jóvenes, han removido tantas almas para conseguir, con la gracia de Dios y su ejemplo, levas de sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, etc., que ahora desde sus parroquias, conventos o en medio del mundo extienden el reino de Dios.


La vida es una vocación en sí misma. L. J. Trese pone un ejemplo atractivo que ayuda a entender la amorosa razón divina de nuestra existencia. Imaginemos –dice él– al director de una colosal superproducción cinematográfica ocupado en la tarea de elegir un actor. Frente a su enorme mesa de trabajo yacen miles de docenas de fotos que sus agentes le presentan. El suelo está empapelado de fotos desechadas. Al cabo de un rato, escoge una de ellas, la contempla detenidamente y habla a su secretaria: «Llámela y cítela aquí mañana».

Aunque imperfecta la analogía vale. Allá en lo profundo de la eternidad –hablando a lo humano–, Dios proyectó el Universo entero y escogió a todos los protagonistas del gran argumento de todos los tiempos. Ante su divina mente fueron desfilando las ilimitadas almas en número que Él podía crear. Cuando se topó con tu imagen, se detuvo y dijo: Ésta es un alma que me mueve a amarla... La necesito para que desarrolle un papel único, personal y, luego, si ella quiere la adopto como hija para que goce de mi presencia durante toda la eternidad... Sí, la voy a crear.

«Mi pensamiento se va a los numerosos jóvenes sedientos de valores y a menudo incapaces de encontrar el camino que lleva a ellos. Sí, únicamente Cristo es el camino, la verdad y la vida. Por eso, es necesario ayudarles a encontrar al Señor y entablar con él una relación profunda. Jesús debe entrar en el mundo, asumir su historia y abrir su corazón, para que aprendan a conocerlo cada vez más, a medida que siguen las huellas de su amor» [1].

«Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera. Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas hacer de tu vida? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Has pensado alguna vez en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?» [2].


Pero hay que comenzar por los cimientos: la familia. Juan Pablo II era consciente de la resistencia que a veces ofrecen los padres cristianos a la vocación de algún hijo suyo. El temor a que sea agua de borrajas y tenga una frustración, que la «novela» que habían trenzado de los estudios, la continuidad de la empresa familiar, etc., se haga añicos en un mar de incertidumbre. Juan Pablo II elevaba a las familias cristianas por la estratosfera del agradecimiento a Dios al haber elegido a algunos miembros para Él en ese hogar.

«Para el hombre –decía Juan Pablo II–, engendrar un hijo es, sobre todo, recibirlo de Dios: se trata de acoger como un don de Dios la criatura que él engendra». Por esta razón, los hijos pertenecen antes a Dios que a sus mismos padres: y esta verdad es muy rica en implicaciones tanto para los unos como para los otros.

«Sed instrumentos del Padre celestial en la obra de formar a los propios hijos. Pero ahí se sitúa además el límite insuperable que los padres deben respetar en el cumplimiento de su misión. Los padres no podrán nunca sentirse dueños de sus hijos, sino que deberán educarlos prestando atención constante a la relación privilegiada que los hijos tienen con el Padre celestial, del cual, más que de sus padres terrenos, deben ocuparse en definitiva, como Jesús» [3].
Pensando en ellos les decía abiertamente. «Me dirijo también a los padres. Que en vuestro corazón no falten nunca la fe y la disponibilidad, cuando el Señor os bendiga llamando uno de vuestros hijos o de vuestras hijas a un servicio misionero. Sabed dad gracias. Más aún, preparad esa llamada con la oración familiar, con una educación llena de estímulo y entusiasmo, con el ejemplo diario de la atención a los demás, con la participación en las actividades parroquiales y diocesanas, colaborando en las asociaciones y en el voluntariado» [4].

«La familia que cultiva el espíritu misionero con su estilo de vida y su educación, prepara el buen terreno para la semilla de la llamada divina y, al mismo tiempo refuerza los lazos afectivos y las virtudes cristianas de sus miembros» [5]. «La familia cristiana, en cuanto Iglesia doméstica, constituye la escuela primigenia y fundamental para la formación de la fe. El padre y la madre reciben, en el sacramento del Matrimonio, la gracia y la responsabilidad de la educación cristiana en relación con los hijos, a los que testifican y transmiten a la vez los valores humanos y religiosos. Aprendiendo las primeras palabras, los hijos aprenden también a alabar a Dios, al que sienten cercano como Padre amoroso y providente; aprendiendo los primeros gestos de amor, los hijos aprenden también a abrirse a los otros, captando en la propia entrega el sentido del humano vivir» [6].


La edad de la primera juventud es época de especial generosidad, irrepetible de manera natural, en la que se pueden tomar decisiones que conformen toda una vida de felicidad –sin que falte la sal del sufrimiento–, si nos dejamos llevar por grandes ideales. Sólo se hacen realidad los sueños en los «soñadores». Sueña con una Europa unida si quieres que haya una Europa unida decía Havel. Es entonces cuando la mirada interior se extiende hacia horizontes ilimitados, de grandes esperanzas, aspiraciones y el planeo constante del temor. Pero en medio de todas las contradicciones de la vida, ¿quién no busca el significado verdadero de la vida? Nos maravillamos y nos preguntamos, tantos porqués. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué existo? ¿Qué debo hacer? Todos nos planteamos estas cuestiones. «La humanidad entera siente la necesidad apremiante de dar un sentido y una finalidad a un mundo en el que aumenta la complejidad y la dificultad de ser feliz» [7].

Dirigiéndose a sus queridos jóvenes, decía en una ocasión Juan Pablo II: «Dejaos preguntar por el amor de Cristo. Reconoced su voz que resuena en el templo de vuestro corazón. Acoged su mirada luminosa y penetrante, que abre los caminos de vuestra vida a los horizontes de la misión de la Iglesia. Una misión empeñada, hoy más que nunca, en enseñar al hombre su verdadero ser, su fin, su destino y en revelar a las almas fieles las inefables riquezas del amor de Cristo. No tengáis miedo a la radicalidad de sus exigencias, porque Jesús, que os amó primero, está dispuesto a daros Él todo cuanto os pide. Si os exige mucho, es porque sabe que podéis dar mucho» [8].

«No tengáis miedo de salir a las calles y a los lugares públicos, como los primeros Apóstoles que predicaban a Cristo y la buena noticia de la salvación en las plazas de las ciudades, de los pueblos, de las aldeas. No es tiempo de avergonzarse del Evangelio. Es tiempo de predicarlo desde los terrados. No tengáis miedo de romper con los estilos de vida confortables y rutinarios, para aceptar el reto de dar a conocer a Cristo en la metrópoli moderna. Debéis ir a los cruces de los caminos e invitar a todos los que encontréis al banquete que Dios ha preparado a su pueblo. No hay que esconderlo por miedo o indiferencia. El Evangelio no fue pensado para tenerlo escondido. Hay que ponerlo en el candelero, para que la gente pueda ver su luz y alabe a nuestro Padre celestial»
[9].

En el Santuario de La Aparecida, en Brasil, Benedicto XVI se dirigía, entre otros, a los seminaristas: «Queridos seminaristas, también a vosotros, que ocupáis un lugar especial en el corazón del Papa, va un saludo muy fraterno y cordial. La jovialidad, el entusiasmo, el idealismo, el ánimo para afrontar con audacia los nuevos desafíos, renuevan la disponibilidad del pueblo de Dios, hacen a los fieles más dinámicos y ayudan a la comunidad cristiana a crecer, a progresar, a ser más confiada, feliz y optimista»[10].

(Publicado el 11.06.09 en Analisisdigital.com)

NOTAS:

[1] Mensaje para la Jornada mundial de oración por las vocaciones, 6-V-2001.
[2] Alocución, Roma (Italia), 13-V-1984.
[3] Homilía en la Misa, 19-III-1986, Prato (Italia).
[4] Mensaje para la Jornada mundial de oración por las vocaciones, de 1993.
[5] Mensaje para la Jornada mundial de las misiones, 22-V-1994.
[6] Angelus, 26-XII-1982.
[7] Discurso durante la vigilia de oración, 14-VIII-1993, Denver (Colorado).
[8] Mensaje para la Jornada mundial de oración por las vocaciones, de 1993.
[9] En la Misa última de la Jornada de la Juventud, 15-VIII-1993, Denver (Colorado).
[10] Homilía en el santuario de La Aparecida (Brasil), 12-V-2007.

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