San Juan de la Cruz

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FIESTA: 14 DE DICIEMBRE

La llaga del amor vivo

«Menudito y gracioso en el cuerpo, gigante en la inteligencia.

Fue reformador y maestro, santo, doctor y poeta. Sus pies descalzos, que no pisaron más que espinas, hicieron florecer su camino en pos de él; y sus labios que gustaron tantas hieles, no exhalaron más que poesía».

En 1542 en la villa de Fontiveros, al noroeste de Ávila, nació Juan de Yepes. Era el tercero de tres hermanos. Su madre se llamaba Catalina, había sido doncella, y su padre, Gonzalo de Yepes, era de familia noble, la cual nunca aceptó el casamiento de ambos y de este modo, tienen que trabajar juntos en el oficio de tejedores.

El ambiente del hogar era de pobreza y de trabajo, la casa era humilde y la comida escasa. Al poco tiempo de nacido sufre una dolorosa enfermedad que dura dos años y durante la cual muere su padre. Catalina tiene que hacerse cargo ella sola de sus tres hijos.

Juan comienza a asistir a la escuela. Siendo aún de corta edad sucedió que un día jugaba con otros niños cerca de una laguna y de pronto cayó dentro de ella y al no poder salir con sus propias fuerzas vio una señora muy hermosa que le pedía la mano alargándole la suya. Él no se la quería dar por no ensuciarla. Finalmente lo sacó con su ijada un labrador que pasaba por allí.

Cuando contaba con nueve años su familia fue a vivir a Medina del Campo donde asiste como interno al Colegio de la Doctrina. Como carecía de aptitud para el trabajo manual, sirve, luego, sirve como acólito en la Iglesia del convento de la Magdalena, y después, trabaja en un hospital de los padres agustinos como enfermero, colector de limosnas, y continúa estudio en el Colegio de la Compañía de Jesús demostrando gran entusiasmo por los libros.

A los veintiún años ingresa en el convento de los carmelitas de Santa Ana con el nombre de Fray Juan de Santo Matía. Le guía en su elección una sola idea: el amor a la Virgen. Allí se caracteriza por la devoción en sus oraciones y el empeño que ponía en ejercitar los oficios más humildes del convento. Luego de su profesión viaja a Salamanca para estudiar Artes y, luego, Teología en el colegio carmelitano de San Andrés asociado a la Universidad. Allí comienzan a tenerle temor e incluso desprecio por su vida profunda de oración y austeridad. Frecuentemente tenía que reprender a los hermanos quienes no observaban las reglas generales de la Orden. Terminados estos estudios regresa a Medina del Campo.

Fray Juan empezó a sentir deseos de pasarse a los hermanos cartujos, quería una vida más retirada de oración y penitencia que la que había encontrado en el Carmen. Pero llegó a la región la Madre Teresa de Ávila y ocurrió un encuentro decisivo en la vocación de los dos santos.

Ella, había entrado de joven en la misma orden, y advirtió que la vida en los conventos se había disipado. Difería mucho de la intención de sus fundadores, los primeros habitantes del Monte Carmelo que imitaban las virtudes y espíritu de oración del profeta Elías. Descubrió, ya entrada en los cuarenta años, que Dios le encomendaba la importante misión de reformar el Carmelo para que éste volviera a la antigua regla.

Juan aceptó junto con ella continuar la reforma y fundar los llamados conventos “descalzos” que se diferenciarán luego de los “calzados”. Ese mismo año estableció un convento en Duruelo y cambió su nombre por el de Juan de la Cruz.
Residió y estuvo en diversos cargos en conventos de la región y terminó siendo director espiritual en el convento de la Encarnación de Ávila donde Santa Teresa era la priora. Las cartas que entre ellos se escribían cuando estaban distanciados revelan la profunda amistad que tenían, reflejo del amor de Dios.

Fueron pasando los años y la disputa, que ya había comenzado entre los reformados y aquellos que se resistían a tal reforma, fue empeorando. Llegó a un punto tal que terminó fray Juan siendo detenido por orden del prior de Toledo y llevado al convento de frailes “calzados” de esa ciudad, en donde se le encerró en una habitación pequeña y sin luz y se hizo objeto de malos tratos y humillaciones. El fraile no ponía resistencia a ésto y soportaba con paciencia todo los sufrimientos. Allí escribió parte de sus obras, entre ellas la que lleva por estribillo “Aunque es de noche” del Cántico Espiritual. Permaneció ocho meses hasta una noche que escapó por la ventana de la prisión.

En los años sucesivos fue nombrado en numerosos cargos en varios conventos lo que le obligó a varios viajes consecutivos. Termina elegido prior en Segovia en un momento en donde surge un división dentro de los mismos descalzos y uno de los frailes reprendido alguna vez por el santo comenzó un infame proceso en contra de él.
En septiembre de 1591 enfermo con fiebre se traslada, por obediencia, a Úbeda para cuidarse la salud. Los hermanos de ese convento asistían en sus necesidades y muchas personas preocupadas por sus salud lo visitan. Él, mientras tanto, sufría dolores terribles y operaciones muy agudas además de los malos tratos del prior quien le tenía un cierto resentimiento, pero él aceptaba todo con dulzura y humildad.

El día que murió dijo que a las 12 de la noche iría a cantar maitines al Cielo. Cuando sonaron las doce en el reloj de la iglesia, expiró y su cuerpo, lleno de llagas, comenzó a despedir olor a rosas. Fue el 14 de diciembre de 1591.

“Me quedé y me olvidé;
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y me dejé,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado”

Así como se lo conoce por su santidad y su profundo amor a Dios, es conocido también como un gran autor. Escribió poesías importantes como el Cántico Espiritual, Llama de Amor Viva, que fueron comentadas por el autor, cada uno en un tratado en prosa; la Noche Oscura, que también para éste escribió dos largos comentarios: uno con el mismo nombre y otro con el de Subida del Monte Carmelo; el poemita que tiene por estribillo “aunque es de noche”, otro que se suele llamar El Pastorcico, las poesías menores y diez romances. En ellas nos presenta una guía para el camino de la perfección y de la unión, cómo el alma tiene que pasar por dos “noches oscuras”. También nos manifiesta la unión misma del alma con Dios como en Llama.., o de la misma manera que lo hace el Cantar de los Cantares, nos presenta a Dios como el Amado enamorado de su esposa, el alma del hombre, hasta el extremo de entregar su vida por ella.

Numerosos literatos afirman que nada explica la sensación de magnitud que llena el alma del lector al penetrar esos pocos poemas. El poeta escribía en el polo opuesto de “el arte por el arte”; escribía como un servicio de su Fe y a su Dios (por eso no tenía inconveniente en enriquecer su poesía con elementos de procedencia profana, que así cobraban nuevo sentido). Lo incomprensible es cómo este poeta despreocupado de toda técnica y toda perfección formal, acumula de tal modo en su verso los hallazgos expresivos que habrían sido buscados inútilmente por escrupulosos artífices o rigurosos estetas; tanto que el alto sentido espiritual de los poemas se combina con la maravilla de su forma, y el conjunto se apodera inolvidablemente del alma del lector. Para muchos, san Juan de la Cruz es el mayor poeta de la lengua castellana.

 

Laura Vaccarezza
www.iglesia.org
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