Lunes Santo

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Abrimos, hoy, la última semana de cuaresma. Los evangelios nos hacen revivir, hora por hora, los últimos instantes de Jesús: la unción en Betania, en casa de sus amigos, Lázaro, Marta, María..., luego la última cena con sus apóstoles..., y la traición de uno de los Doce... 

La primera lectura procede de la segunda parte del libro de Isaías. Hay en ella cuatro poemas que, según los entendidos, son las más bellas profecías sobre Jesús. 

Se presenta a un misterioso personaje: de ningún modo a un mesías rey, sino a un mesías pobre. Humilde, manso, perseguido, salva a su pueblo con su muerte. Es un perfecto siervo de Dios. 

He aquí mi servidor a quien yo sostengo, mi elegido en quien mi espíritu se complace. 

Jesús. 

Tú conocías esa profecía. A menudo has debido meditarla. Y Tú decías también: «No he venido para ser servido, sino para servir». Y, en verdad, tomaste la condición de siervo, cuando lavaste los pies de tus discípulos y, sobre todo, en la cruz con tu muerte por nosotros... Quiero contemplar detenidamente esa actitud: Jesús, siervo... 

¿Qué sentimientos implica? ¿Cuáles eran tus pensamientos? 

Ayúdanos a ser «servidores»..., de Dios... de nuestros hermanos... ¿Qué servicio será hoy el mío? 

Ha reposado mi Espíritu sobre Él... Yo, te he llamado... Te así de la mano y te formé. He hecho de ti mi Alianza con el pueblo y la Luz de las naciones. 

Es preciso meditar una a una, esas palabras. Y aplicarlas a Jesús. Intimidad entre Dios y Jesús. Son palabras de amor, imágenes de amor. Aquí también hay que entretener la contemplación... 

Y aplicar cada una de esas palabras a los cristianos, a mí. Por mi bautismo, que renovaré el próximo sábado en la santa noche de Pascua, he recibido el don del Espíritu... he recibido un nombre por el cual Dios me llama hijo suyo... Te tomé de la mano..., te envié al mundo para que fueras alianza y luz. De todo ello será símbolo la vela encendida, que tendré en la mano, el sábado por la noche, al renovar mi profesión de Fe. 

Contigo, Jesús, quiero asumir la responsabilidad de mi bautismo. Pero para que sea así, te necesito. 
No gritará, ni alzará el tono, no aplastará la caña quebrada, ni apagará la mecha mortecina. 

Son unas dulces imágenes de ti, Jesús. Imágenes de tu bondad. Tú eras así. Delicadeza total respecto a los demás. 

“¡Felices los que construyen la paz, nos decías!”. ¡Serán llamados hijos de Dios!» 

«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y en mí hallaréis descanso.» 

En este tiempo de alboroto y de violencia, hazme, Señor, un instrumento de tu paz, de tu silencio, de tu bondad. 


REFLEXIONEMOS EN ESTE DÍA... 

El ungüento que María extiende es el símbolo de la comunión nupcial con Jesús manifestado por la comunidad cristiana. Celebramos la llamada de nuestras comunidades cristianas, representadas por María de Betania, a la comunión total con Jesús, dador de vida.

Es él quien transforma lo que debería haber sido un banquete fúnebre en memoria de Lázaro en un banquete gozoso.

Es él quien cambia el hedor insoportable de un muerto “de cuatro días” en el perfume que inunda la casa de alegría.

Es él quien contesta a todos los Judas de la tierra, que consideran un despilfarro el ungüento precioso de la intimidad con Dios y oponen los pobres al Señor.

Es él quien rechaza la “práctica” de los que prefieren la eficiencia del dinero a cualquier éxtasis de amor y reducen maliciosamente a un valor monetario lo que no tiene precio.

Es a él, en resumidas cuentas, a quien debemos buscar en la oración del abandono, en la experiencia contemplativa y en nuestro modo de vivir.

Que el Señor nos libre del error de Judas, que, insensible al perfume de nardo, sólo escucha el tintinear de las monedas, y en vez de percibir el resplandor del aceite, se deja seducir por el brillo del dinero.

¿Cuál es este perfume de ungüento con el que debemos llenar la casa, y cuál es este buen olor de Cristo que debemos difundir por el mundo? El perfume que debe llenar la casa es la comunión.

Naturalmente, como el que compró María de Betania, el ungüento de la comunión tiene un precio muy elevado. Y debemos pagarlo sin rebajas, con mucha oración, ya que no se trata de un producto comercial de venta en nuestras perfumerías, ni es fruto de nuestros esfuerzos titánicos.

Es un don de Dios que debemos implorar sin cansarnos. Pero lo obtendremos, estoy seguro, y su perfume llenará toda nuestra Iglesia. 

 


“POR LA CRUZ A LA PAZ” - LUNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR.

MEDITACIÓN

 

Gentileza de www.reflexionescatolicas.com

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