Sin Resurrección no hay Cristianismo

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Dicen que ha resucitado se titula el interesantísimo libro que ha escrito Vittorio Messori y que editó Rialp en castellano. A él pertenece este fragmento que, en estos días del tiempo pascual, ofrecemos a nuestros lectores.

Para subrayar a los hermanos el fundamento indispensable, Pablo repite la fórmula de fe que, como recuerda textualmente, ha transmitido en primer lugar, aunque precisa que es lo que a mi vez he recibido, en alusión a la predicación cristiana primitiva. Al igual que otros bautizados, los corintios, sin la fe expresada en esta fórmula, habrían creído en vano.

Es la primera vez que se nos refiere cómo era anunciada la resurrección de Jesús, pasados unos veinticinco años del acontecimiento. Mejor dicho: se nos refiere cómo era anunciada desde hacía tiempo. El propio Pablo advierte a sus destinatarios que ha recibido de una tradición anterior la fórmula que ahora repite. Según muchos especialistas, nos aproximaríamos de este modo a un período de tan sólo diez o quince años desde aquel sorprendente suceso. Este fragmento, venerable para el creyente, pero también muy valioso para el historiador que intente reconstruir los orígenes del cristianismo, versificado, tal y como debía estar en el original, para facilitar su aprendizaje de memoria o para cantarlo, si, como afirman muchos biblistas, se trataba de un himno litúrgico, dice:

Cristo murió por nuestros pecados/ según las Escrituras,/ fue sepultado y resucitó al tercer día/ según las Escrituras,/ se apareció a Cefas/ y luego a los Doce./ Luego se apareció a más de quinientos hermanos a la vez/ la mayor parte de los cuales vive todavía y otros ya murieron./ Después se apareció a Santiago/ y más tarde a todos los apóstoles;/ y el último de todos, como a un abortivo, se me apareció también a mí (1 Cor 15, 3-8).

No es casual que los primeros anunciadores del Evangelio no proclamaran, antes que nada, programas sociopolíticos, máximas ejemplares o indicaciones morales del rabbí Jesús. No, porque lo primero que anunciaban, antes que nada, era que aquel Jesús de Nazareth, contado entre los malhechores, y, en consecuencia, ejecutado, había resucitado de entre los muertos. Se unía esta afirmación «Jesús de Nazareth ha resucitado» con esta otra: Y nosotros somos testigos.

Tenemos que ser conscientes de lo siguiente: sin la Pascua, la Iglesia sería tan sólo un club o una asociación de amigos del maestro Jesús, al igual que tantos grupos y círculos surgidos en memoria de destacadas personalidades de la cultura, la ciencia o la política. No habría más que admiradores, , que organizarían congresos y publicarían boletines sobre su personaje favorito. Si Jesús no ha resucitado, no se puede creer en Él como Salvador. Únicamente se puede venerarlo como maestro. Se puede evocarlo, pero no invocarlo. Se puede hablar de Él, pero no hablarle a Él. Se puede recordarlo, pero no escucharlo.

Si no ha resucitado, son los cristianos los que le están haciendo vivir. No es Él quien les hace vivir a ellos. De muchos otros, de cientos de sus desgraciados contemporáneos, se puede decir: Padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Pero para que Jesús sea aquel en que la fe cree, es preciso poder añadir: Pero, al tercer día, resucitó de entre los muertos.

Con todo, hay que señalar que esta decisiva afirmación no está sujeta a ninguna verificación científica. Ningún descubrimiento arqueológico futuro podrá nunca demostrar que el cuerpo de aquel condenado a muerte se descompuso en alguna fosa común; o, por el contrario, que el sepulcro perteneciente a José de Arimatea fue abierto y quedó vacío de un inquilino que se puso en pie. Aquí es necesario fiarse de los que dicen haber visto a Jesús resucitado y vuelto a la vida. Hay que dar crédito a otros hombres, a un grupo de testigos privilegiados: la comunidad cristiana; la Iglesia, en una palabra.

Se comprueba, también de este modo, que la fe no puede nacer ni vivir aislada o solitaria, pues por su propio fundamento debe asentarse sobre una comunidad, sin cuyo testimonio no hay anuncio ni certeza de resurrección. Y si no hay resurrección, tampoco hay cristianismo.

 

Por Vittorio Messori - Extraído del libro: "Sin Resurreción no hay cristianismo" Fuente: http://www.archimadrid.es

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