Domingo 29 de Marzo de 2015

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DOMINGO

de

RAMOS
de
LA PASION del SEÑOR

Ciclo "B"

29 de Marzo de 2015

Ya estamos entrando en la Semana Santa, ese tiempo especialísimo de contemplación de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.  Son los días más apropiados para meditar esos misterios tan importantes de nuestra fe.  Tal vez podamos conmovernos por los sufrimientos del Señor y llegar así a una conversión de fondo, al arrepentirnos verdaderamente y confesar nuestros pecados.  Es una oportunidad para poder enrumbarnos mejor en el camino de la salvación.

El Domingo de Ramos celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén.  Se llama también este domingo, Domingo de Pasión, pues en este día damos inicio a la Semana de la Pasión del Señor.  En efecto, las Lecturas de hoy son todas referidas a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo. 

El Evangelio de ese día nos presenta la Pasión según San Marcos. Y en la Primera Lectura (Is. 50, 4-7),  el Profeta Isaías nos anuncia cómo iba a ser la actitud de Jesús ante las afrentas y los sufrimientos de su Pasión: “No he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás.  Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba.  No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.”

MEDITACION DE ALGUNOS MOMENTOS DE LA PASION:

Es imposible detallar todo el Evangelio de hoy, ya que es una de las narraciones completas de la Pasión de Cristo.  Este año, según San Marcos (Mc. 14,1-15,47).  Pero sí podemos extraer algunas ideas para meditarlas con cierto detenimiento.

*        La primera de ellas es el momento de la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos la noche del Jueves (Mc. 14, 32-54).  Este pasaje de la Pasión del Señor lo recordamos también como el primero de los Misterios Dolorosos del Rosario.  Jesús se retira a orar con tres de sus Apóstoles, quienes se quedan dormidos, a pesar de haberles Jesús comunicado sus más íntimos sentimientos:“Tengo el alma llena de una tristeza mortal”. Nos dice el Evangelio que Jesús “empezó a sentir terror y angustia”. 

Y, confirmando lo que ya nos decía el Evangelio del Domingo pasado (5º. de Cuaresma), Jesús, aunque sintió miedo, no iba a pedirle al Padre que lo librara del suplicio que le esperaba.  Por ello hace una oración muy impresionante: “Padre, Tú lo puedes todo:  aparta de Mí este cáliz.  Pero que no se haga lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieres”.

Oración modelo para los momentos difíciles que se nos presentan a todos: “Señor,  Tú me conoces, Tú sabes lo que quiero, Tú lo puedes todo.  Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya;  lo que Tú quieras, Señor, no lo que yo quiero”.  Así debe ser la oración del que desea seguir a Cristo.

Así debe ser la oración del que sufre: no pedir que le sea retirado el sufrimiento, sino pedir la gracia para poder aceptar el sufrimiento como lo que es: una gracia de purificación, de redención.

*        Jesús se sintió más triste aún, al encontrar a los Apóstoles dormidos.  Y, luego de manifestarles su tristeza por esa falta de solidaridad, les dijo... y nos dice a nosotros: “Velen y oren, para que no caigan en la tentación”.    La oración es indispensable para poder seguir a Cristo.  La tentación siempre está presente, pero la oración es poderosa.  San Alfonso María de Ligorio decía: “Quien ora se salva.  Quien no ora se condena”.  Así de importante es la oración para nuestra vida espiritual, especialmente en la lucha contra las tentaciones.

* Otro detalle que nos da San Marcos en su relato es que en momento de ser apresado Jesús, “todos lo abandonaron y huyeron”.  Ya se los había predicho: “Todos ustedes se van a escandalizar por mi causa”.  El miedo se apoderó de ellos.  Y al final, ¿quiénes estaban al pie de la cruz?  Su Madre, otras mujeres y San Juan.  ¿Y los otros Apóstoles?  Ya Pedro se había escandalizado de El: lo había negado tres veces.  ¿Y nosotros? ¿No lo hemos negado?  ¿Cuántas veces hemos dejado de defenderlo cuando atacan su Nombre, su Iglesia, su Ley?  ¿Cuántas veces no lo hemos abandonado por miedo a sus exigencias de amor y de entrega a El?  ¿No nos hemos escandalizado de El?  ¿Podremos, acaso,“romper a llorar” por las veces que lo hemos abandonado, asícomo sucedió a Pedro, cuando se dio cuenta de su triple pecado?(Mc.14, 66-72)

* Cuando ya comienza el proceso que llevaría a su Pasión y Muerte, Jesús, interrogado por Pilatos “¿Eres el Rey de los Judíos?”, no niega que lo sea, pero precisa:“Mi Reino no es de este mundo” (Jn. 18, 36).  

Ya lo había dicho antes a sus seguidores:“Mi Reino está en medio de vosotros”(Lc.17, 21).  Y es así, pues el Reino de Cristo va permeando paulatinamente en medio de aquéllos -y dentro de aquéllos- que acogen la Buena Nueva, es decir,  su mensaje de salvación para todo el que crea que El es el Mesías, el Hijo de Dios, el Rey de Cielos y Tierra.

Y si el Reino de Cristo no es de este mundo ¿de qué mundo es?  ¿cuándo se instaurará?  Lo anuncia muy claramente El mismo en el momento en que fuera juzgado por Caifás: “Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Dios Poderoso y viniendo sobre las nubes” (Mt. 26, 64).  

“En el lenguaje apocalíptico, las nubes son un signo ‘teofánico’: indican que la segunda venida del Hijo del hombre no se llevará a cabo en la debilidad de la carne, sino  en el poder divino” (Juan Pablo II, 22-4-98). 

Es decir que el Reino de Cristo, aunque ya comienza a estar dentro de cada uno de los que siguen la Voluntad de Dios, se establecerá definitivamente con el advenimiento del Rey a la tierra, en ese momento que el mismo Jesús anunció durante su juicio;  es decir, en la Parusía (al final de los tiempos) cuando Cristo venga a establecer los cielos nuevos y la tierra nueva, cuando venza definitivamente todo mal y venza al Maligno. (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica # 671-677)

SEGUNDA LECTURA:

Al contemplar los sucesos de la Pasión del Señor que nos narra el Evangelista San Marcos (Mc. 14, 1 a 15, 47),  vemos cómo se cumple lo que nos dice San Pablo en la Segunda Lectura: “Cristo, siendo Dios, no hizo alarde de su condición divina, sino que se rebajó a sí mismo” (Flp. 2, 6-11),  haciéndose pasar por un hombre cualquiera.  Llegó hasta la muerte y a la muerte más humillante que podía darse en el sitio y en la época en que El vivió en la tierra: la muerte en una cruz.

Cristo se “anonadó”, es decir, se hizo “nada”, dejándose insultar, burlar, acusar, castigar, torturar, juzgar, condenar, matar, etc. etc. etc.  Pero “Dios lo exaltó sobre todas las cosas...  para que todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor” (Flp. 2, 9-11).

Seguidores de Cristo somos los cristianos.  Es lo que nuestro nombre significa.  Y El mismo nos ha dicho cómo hemos de seguirlo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.  Pues quien quiera asegurar su vida la perderá y quien sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, se salvará” (Mc. 8, 34-35).

NEGARSE A UNO MISMO:

Estos días de la Semana Santa nos llaman a la muerte con Cristo:  a sacrificar nuestra vida por El y por lo que El nos dice en su Evangelio.  No basta recoger palmas benditas este Domingo de Ramos, no basta visitar a Cristo expuesto solemnemente el Jueves Santo, no basta siquiera pensar en los sufrimientos de Cristo durante la ceremonia del Viernes Santo.  Todo esto es necesario... muy necesario.  Pero todo esto debiera llevarnos a imitar a Cristo en esa cruz y en esa muerte que El nos pide para poder salvar nuestras vidas.

Así que, bien están las palmas benditas y la visita a los Monumentos, pero -además de esas devociones-  para seguir a Cristo como El nos pide, no nos queda más remedio que“morir con El para vivir con El” (Rom. 6, 8).

Y  ¿qué es ese morir que Cristo nos pide?  El lo determina muy bien cuando nos dice cómo hemos de seguirlo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo” (Mc. 8, 34).  Comprender qué significa negarse uno mismo es muy simple.  Hacerlo es ya más difícil... pero no imposible. 

Negarse a uno mismo es sencillamente decirse “no” a lo que uno desea, a lo que uno cree que es lo mejor, a lo que uno cree que es lo más conveniente, a lo que uno cree que es necesario... cuando eso que uno desea, que uno cree lo mejor, más conveniente y necesario no coincide con lo que Cristo nos dice, nos muestra y nos pide.

Y ¿por qué es difícil negarse a uno mismo?  Es difícil, porque estamos acostumbrados a consentirnos a nosotros mismos, a decirnos que sí a todos nuestros deseos, antojos, supuestas necesidades, apegos, etc.  Nos amamos mucho a nosotros mismos; por eso nos consentimos tanto. 

El mundo nos vende la idea de complacer nuestro “yo”, con cosas lícitas o ilícitas, necesarias o innecesarias, buenas o malas.  No importa.  Lo importante es hacer lo que uno quiera.  Y esto que está tan arraigado en nuestra forma de ser, va en contra de lo que Cristo hizo y nos pide con su ejemplo y su Palabra.

El mundo también nos vende la idea de creernos gran cosa, de que valemos mucho, de que debemos estimarnos mucho.  ¿Y qué fue lo que Cristo hizo?  Se rebajó, se hizo “nada”.  El, siendo Dios, se rebajó hasta ese extremo.

Y nosotros, si hemos de seguirlo, ¡cuánto no tenemos que rebajarnos en nuestro orgullo, en nuestro engreimiento, en nuestra vanidad, en ese creer que somos gran cosa!  Pero... ¡si dependemos de Dios hasta para cada latido de nuestro corazón! ...¿cómo, entonces, podemos creernos tan independientes de Dios que nos damos el lujo de contrariar su Ley, su Palabra y sus exigencias?

¿No estamos, acaso, como esa turba que pidió la cruz para el más inocente de los inocentes?  Nos dice el Evangelio de hoy, que los sumos sacerdotes “incitaron a la gente”para pedir tremenda aberración: matar ¡nada menos! que al Hijo de Dios hecho Hombre, que pasó por esta vida humana nuestra haciendo sólo el bien.

¿No nos dejamos influir nosotros por lo que el mundo nos vende, por lo que la los medios de comunicación nos dicen? ¿No nos dejamos “incitar” -como aquella turba- para ponernos en contra de Dios, de su Ley, de su Amor y del amor que nosotros le debemos?  Cabe preguntarnos siempre, pero muy especialmente en esta Semana Santa: ¿Realmente amamos a Dios?  ¿Lo amamos sobre todas las cosas o más bien nos amamos a nosotros mismos? 

SIGNIFICADO DE LAS PALMAS BENDITAS:

Si bien es cierto que las palmas benditas que con tanto interés todos recogemos hoy en las Iglesias, no son el centro de lo que conmemoramos cada Domingo de Ramos, es bueno revisar su significado. 

Las palmas benditas recuerdan las palmas y ramos de olivo que los habitantes de Jerusalén batían y colocaban al paso de Jesús, cuando lo aclamaban como Rey y como el venido en nombre de Dios.  Y si bien las palmas benditas son “sacramentales”; es decir, objetos benditos que la Iglesia pone a nuestro disposición y que pueden causar efectos espirituales, no son cosa mágica.  Más bien, las palmas benditas simbolizan que con ellas proclamamos a Jesús como Rey de Cielos y Tierra, pero -sobre todo- que lo proclamemos como Rey de nuestro corazón.

Y ¿cómo es ese Reinado de Jesús en nuestro corazón?  Significa que lo dejamos a El reinar en nuestra vida;  es decir, que lo dejamos a El regir nuestra vida.  Significa que entregamos nuestra voluntad a Dios, para hacer su Voluntad y no la nuestra.  Significa que lo hacemos dueño de nuestra vida para ser suyos.  Así el Reino de Cristo comienza a estar dentro de nosotros mismos y en medio de nosotros.  Así nos preparamos adecuadamente para cuando Cristo venga glorioso entre las nubes a establecer su Reinado definitivo: la morada de Dios entre los hombres.  Que así sea.

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